jueves, 24 de noviembre de 2016

Una legión de dioses imperfectos

Manual para canallas - Una legión de dioses imperfectos

Ya no quiero un lanzallamas, ni un libro de poemas para leer en voz alta mientras prendo fuego a todo lo que me ha dado más tristezas que momentos buenos. Hoy quiero enclaustrarme en mis silencios...


No preciso nada ni deseo festejar como hace un año. Quiero encierro, necesito mucho silencio y la calma apenas necesaria para no llamarte en las madrugadas. Una vez más no deseo pastel de cumpleaños ni tarjetitas cursis ni el perfume que tanto nos gustaba. Ya no necesito un lanzallamas ni el combustible necesario para flamear todo mi pasado. Hoy he aprendido a incinerar rústicamente todo lo bueno y todo lo malo, porque soy un experto boicoteándome.

Quiero que tu ausencia se difumine con el alba, que tus ojos ya no destellen en mis sueños, que mis labios dejen de añorar la tersura de tu espalda. Quiero exiliar los suspiros que me atormentan cada mañana, cuando descubro uno de tus cabellos entre las sábanas. Quiero que tu ausencia no torture mis momentos malos, que ya no siga latigueando mis pestañas hasta altas horas de la madrugada.

Y también quiero que mis besos se queden tatuados en tu memoria, que sean invisibles al tacto pero grandilocuentes en tu imaginario. Quiero que no olvides mis escasas risas ni la pésima voz con la que cantaba en el baño. Hoy deseo que mis “tequieros” figuren en tu colección de momentos memorables. Y deseo, por el bien de ambos, que un día mires atrás y recuerdes con un poco de bondad a este tipo arrogante que nunca supo valorarte.

jueves, 17 de noviembre de 2016

Las deudas del rencor acumulado

Manual para canallas - Las deudas del rencor acumulado


En un mundo ideal, no seríamos esclavos del tiempo ni del odio. No tendríamos deudas con el pasado, ni rencores para el futuro o sueños llenos de sobresaltos...


¿No te pasa que a veces sueñas como si algún demonio te roncara junto al oído? ¿No te ha sucedido que sudas mientras duermes y despiertas sobresaltado? A mí me pasa con frecuencia. Hay días que soy esclavo de las rutinas, de mis ansiedades. Y no me muerdo las uñas, pero tengo sueños poblados de sobresaltos. Últimamente he soñado con mis muertes. Las que llevo a cuestas: la muerte de mi abuelo, las flores en el velorio de la abuela, el fallecimiento del marido de mi madre, la tumba que le asigné a mi padre hace tanto tiempo, aquella lápida que le quedamos a deber a mi hermanita. Todas las muertes se me juntaron en mis sueños. Y mis lágrimas no alcanzaron. Aún siguen sin alcanzar estas lágrimas que no solté en su momento. Soñé mi propia muerte y no fue agradable. Soñé que sólo era un sueño. Y desperté angustiado, con ese súbito golpe de crueldad que te abofetea cuando sabes perfectamente que tienes deudas pendientes. Yo que no he sido un buen hijo, ni un padre ejemplar, mucho menos un gran hermano. Yo tan cretino lloré mi propia muerte en sueños, como si mereciera algo de piedad, como si hubiera sembrado algo bueno. Aún traigo ese marcapasos anidado en el corazón, aferrado con sus garras a mi pecho, como queriendo gritar algo, como si anunciara una tragedia. Sí, la angustia, el sobresalto, es un jodido marcapasos.

jueves, 10 de noviembre de 2016

En tiempos donde siempre estamos solos

Manual para canallas - En tiempos donde siempre estamos solos


Ya lo dice Fito Páez: En tiempos donde nadie escucha a nadie, en tiempos egoístas y mezquinos, habrá que declararse inocente o habrá que ser abyecto y desalmado...


Nunca he sido un tipo ordinario. Acaso un poco loco y un tanto extraño. No, nunca he sido lo que se dice un tipo normal. Más bien huraño e impredecible. Pero tengo la fortuna de contar con hermanos que funcionan como pararrayos, que me hacen tocar tierra, que me cachetean el ego cuando es necesario. Sí, yo podré ser el tipo más lunático o el menos indicado para las cosas más comunes, pero mi familia siempre está allí para recordarme de dónde vengo y para que al menos me preocupe para dónde chingados voy. Mis hermanos, todos, son extraordinarios: como una Liga de la justicia, como héroes cotidianos, como guerreros de la vida diaria. Pero hoy en particular sólo quiero hablar de la menor de mis carnalas, que es la que cumple años. Y no tengo mejor recurso que dibujarla en perspectiva, intentando que sea con las palabras adecuadas.

jueves, 3 de noviembre de 2016

Hay aromas que convocan los recuerdos

Manual para canallas - Hay aromas que convocan los recuerdos


Como cada año, mi madre volvió poner dulces y leche en la ofrenda. Encendió las veladoras y el aroma a cempazúchitl llenó la casa de recuerdos...


Mi hermana hoy tendría unos 30 años. Para ser honestos, no recuerdo la fecha en que murió. O más bien es algo que he preferido, hemos preferido olvidar. Mónica era una niña hermosa, como suelen serlo todos los bebés. Y digo que era hermosa porque se trataba de mi hermana o quizá debido a que así he querido conservarla en mi memoria. Ahora que me acuerdo, aquella bebé se reía poco, nos observaba sentada desde la cama mientras nosotros andábamos en chinga antes de que llegará mi madre de trabajar. Nadia lavaba trastes, yo trapeaba la sala, mientras Claudio sacaba la basura y Silvia jugaba en el patio con los vecinos más latosos. La nena sólo estaba sentadita, sin quejarse demasiado, apenas sintiendo las horas pasar. Mi padre ya se había largado, un par de años atrás, a vivir con otra mujer, una compañera de trabajo, pero aquello no le impedía ir a buscar a mi madre cuando andaba ebrio o caliente... o ambas cosas. Alicia, mi jefa, seguía enamorada de él, así que tampoco se hacía del rogar. Por eso no resultó extraño que Alicia se embarazara una vez más del irresponsable de José Antonio. Ya éramos cinco hijos y mi madre ni siquiera tenía en claro lo que iba a hacer para sacarnos adelante, porque el desobligado de mi jefe ni siquiera nos pasaba una pensión fija. Ahi cuando quería le dejaba unos pesos a la tonta de Alicia, que lo seguía recibiendo en casa cuando a él se le antojaba. Uno a esa edad no entendía bien a bien qué sucedía. Yo no recuerdo haber extrañado a mi padre, acaso porque estaba demasiado ocupado estudiando, haciendo deberes en casa, abrumado con las tareas y entusiasmado con las cascaritas de fucho en el vecindario. Ni siquiera recuerdo cuando nació mi hermanita. Un buen día estaba allí. Y otro día cualquiera, mi madre debió regresar a su trabajo como afanadora. Así que desde ese momento nos quedamos a cargo, todas las tardes, de una bebé a la que apenas podíamos cuidar. En lugar de andar de vagos, como todos los chavales de nuestra edad, teníamos que cambiar pañales y lavar mamilas. Mi hermana Nadia no tenía una muñeca decente, pero ya era una madre a escala de una bebé de carne y hueso. Pobre de mi carnala, en lugar de jugar a la comidita con sus amigas, tenía que preparar mamilas y arrullar en sus brazos a la menor de mis hermanas. Y aunque supongo que era una lata todo eso, nosotros queríamos mucho a Mónica. Eso lo tengo bien claro. Yo la recuerdo sentada en la cama, con su chambrita amarilla, mirándonos pasar de un lado a otro. No la puedo evocar sonriendo y debe ser porque en realidad en aquella casa había pocos motivos para sentirse feliz. Y eso, cuando eres niño, te marca para siempre.


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jueves, 27 de octubre de 2016

Empleado del mes en el purgatorio

Manual para canallas - Empleado del mes en el purgatorio

Confío más en lo que escucho en el mercado, en el estrés cotidiano de los que caminamos bajo este sol calcinante, que en las cifras de políticos corruptos...


Una chica masculla su tristeza y trata de mitigarla con canciones en el iPod. Un adolescente siente que se le escapa el aliento y se le asfixia el corazón porque su novia la dejó. Y aquel abuelo de rodillas oxidadas maldice la fila en el banco para cobrar su pensión.

Ana tristea porque se siente como un alma añeja, encerrada en su cuerpo terso. Cansada de la escuela, de los problemas en el hogar, de que su novio sea un culero, ella no encuentra su lugar en el mundo. Ha reprobado dos materias, sus Converse han perdido brillo y para colmo su madre dice que tendrán que empeñar su iPod para completar la renta. Y ella que posee tan poco, que se aísla de las rutinas con los audífonos puestos, no entiende por qué siempre le toca perder. Así pasó con la computadora, cuando la llevaron al Monte de Piedad: pasaron los meses y su madre dejó de pagar, así que terminó perdiéndose en el montón a subastar. Ahora Ana tiene que hacer las tareas en el cibercafé. Pero ella no tiene la culpa, tampoco su madre, ni siquiera los que lucran con la necesidad de la gente. En realidad su padre no tiene ni puta idea de lo que es progresar: estacionado en la mediocridad, el señor no tiene trabajo estable y cuando lo consigue le da por faltar. El muy irresponsable se emborracha los domingos y hace “san lunes”, porque amanece con resaca. Y Ana que no desea dejar la escuela, porque allí están sus amigas y tiene sueños que de otra manera no podría alcanzar. Ella se ha empleado medio tiempo en un trabajo infame y eso le resta tiempo cuando se trata de hacer tareas o de estudiar. Y a quién carajos le importa, quién repara en su ansiedad. Su madre está ocupada en otros asuntos. Su padre es un alcohólico sin remedio. Ana se siente como si le hubiera tocado un ángel guardián olvidadizo o como si a algún dios cínico se divirtiera dejándola a su suerte como en los juegos de azar. Ya le robaron el celular cuando asaltaron el pesero y su tristeza se agiganta tan sólo de pensar que su iPod irá a parar al empeñadero. Y ella que se refugia en las canciones como si con cerrar los ojos el mundo fuera un sitio más amigable. Por eso Dante Guerra es un retratista tan certero, cuando cuenta que 

“hay canciones que reparan soledades,
hay estribillos que se cantan en la regadera,
y también hay melodías que te hacen volar.
Pero igual hay baladas que castigan,
que flagelan tus ansiedades a golpe de recuerdos.
Y el otoño te llueve en los ojos,
mientras suspiras por los momentos
que no tienen vuelta atrás”.


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