jueves, 25 de agosto de 2016

Mujeres de ojos como luciérnagas

Manual para canallas - Mujeres de ojos como luciérnagas


Tengo nubes y días soleados. También tengo sombras portátiles que me siguen sin reparo. Pero siempre hará falta una mujer de ojos como luciérnagas...


Siempre he pensado que no todos están hechos para las mujeres de ojos destellantes y de ideas alocadas. No, no todos están listos para bailotear por cualquier cosa, para empaparse bajo la lluvia o para gritar tonterías en público. Porque hay mujeres que invitan al ridículo, al goce de no ser tú todo el tiempo. Pero si tienes miedo al ridículo, no levantes la mano en el salón de clases, ni marches por la izquierda, mucho menos bailes de contento y tampoco te quemes de ganas cuando beses a la mujer de tus sueños. Si te asusta hacer el ridículo, no escribas tus temores y tus esperanzas en un diario que esconderás en la recámara. Tampoco enloquezcas por otra persona que acabará robándote el sueño y la calma. Si tienes miedo al ridículo no te entretengas en libros de poemas, ni pierdas el tiempo en cincelar el alma, no seas artesano ni orfebre de tus virtudes y defectos. Y tampoco te peines murmurando frente al espejo. No enloquezcas nunca y apégate al guión que siguen las multitudes. Si temes al ridículo no te arremangues la camisa, no sudes de más, no te despeines, no corras eufórico para jugar con tu perro o para abrazar a tus hijos como una mascota huérfana de cariño. Desde luego, no rías a solas cuando viajas en Metro.


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jueves, 18 de agosto de 2016

Cuando sobra tiempo para extrañar

Manual para canallas - Cuando sobra tiempo para extrañar


Los que se refugian entre los silencios, los que reacomodan con paciencia su propio rompecabezas, siempre tendrán tiempo de sobra para extrañarte...


Aquel día amanecí más despeinado que de costumbre, tanto que parecía sábado en pleno jueves. Fui al baño, miré mis ojeras en el espejo, me lavé los dientes y maldije que ya no hubiera enjuague bucal. Regresé a la cama, dispuesto a dormir hasta mediodía. El trabajo no me preocupaba, porque adelanté mis vacaciones. Y todo porque mi bipolaridad se salió de sus casillas. Una buena tarde me descubrí desorientado, extrañando de más a alguien que no valía la pena, preguntándome qué había hecho mal para que me cambiaran por un pendejo. La respuesta la encontré pronto: cometer demasiados errores. El primero de ellos: creer que estaba enamorado. El segundo: confiar demasiado en la gente. El tercero: Ser un cretino la mayor parte del tiempo. El cuarto error: creerme aquello de “ella no me engañaría”. Y la lista se volvería interminable, pero todo se reduce a que al final terminé con la autoestima destruida. Así sucede cuando te cambian por alguien más feo, más culero o menos inteligente, más ordinario o menos decente, más estúpido o quizá más divertido. Vete tú a saber. Los años han ocultado las suturas, así que ahora miro atrás y llego a la conclusión de que hay olvidos que es mejor sepultar en el archivo muerto. Y Los Rodríguez tienen muchos tributos a los adioses definitivos: 

"Es demasiado tarde para arrepentirse, mujer.
Es demasiado tarde para nosotros dos. 
Cuando el tequila se termine en algunas cosas dejaré de confiar.
Pero fue demasiado tarde,
pero fue demasiado tarde.
Es demasiado tarde para mentirse, mi amigo.
Es demasiado tarde para cambiar el destino.
No tengo nada que decir, ni dónde ir, ni ganas de dormir”. 

jueves, 11 de agosto de 2016

Tres cucharadas de esperanza

Manual para canallas - Tres cucharadas de esperanza


Mi madre sólo estudió lo básico, pero eso no le impidió acumular fortuna: tantos afectos y bendiciones, montón de amigas, un caudal de amor por donde camina...



Creo que no conozco a alguien que no quiera o adore a mi jefa. Es un ser de luz infinita, una chimenea en los inviernos, un bálsamo para el alma. Mi madre, y no porque sea mi madre, es la mejor de todos los confines del planeta. No he llegado a todos, pero algo me dice que no necesito ser testigo para saberlo. Y como les decía: mi madre sólo cursó la escuela básica, pero eso no le cerró ninguna puerta ni le puso piedras en el camino. Porque en su madurez prematura y en su sabiduría eterna, Alicia construyó escaleras, puentes levadizos, salidas de emergencia y una pequeña fortaleza en la que siempre nos sentimos a salvo. Éramos cuatro criaturas indefensas y mi madre luchó a brazo partido para sacarnos adelante. Ya fuese que vendiera quesadillas o pozole, que 150 tortas para el recreo de la Secundaria 8 o que preparara un banquete de chiles en nogada, pero mi madre le ponía buena cara al infortunio y mejor sazón a sus platillos. Mi madre era una gran cocinera, lo aprendió desde niña, y tenía el toque perfecto que se requería. Gracias a eso nos prodigó dos cuestiones vitales: escuela y buena educación. Yo no sé qué especias o que hierbas de olor usaba, pero algo tengo muy claro: siempre le puso tres cucharadas de esperanza, un chingo de amor y una ramita de tesón a todo lo que hacía. Por eso digo que mi madre es la mejor de todos los confines del planeta: aunque me obligara a ponerme suéter antes de salir o que me castigara por perder las gafas; aunque me diera aceite de ricino o insistiera con la sobredosis de sopa de letras.


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jueves, 4 de agosto de 2016

Canciones para fumarse el insomnio

Manual para canallas - Canciones para fumarse el insomnio


Si te carcomen los celos, si necesitas ahogar el olvido, si te fumas los insomnios, siempre habrá una canción para celebrar la vida o para despistar a la muerte...


Mi madre escuchaba baladas tristes, casi siempre. Y lloraba. Nosotros éramos unos niños. Mi madre era necia. Ella se aferraba al dolor, renegaba de las huellas que deja el desamor. Sí, mi madre era terca en eso de escuchar canciones tristísimas. Y nosotros la escuchábamos sollozar. Si la terquedad fuera negocio, muchos de nosotros tendríamos varias sucursales, seríamos millonarios y hasta cotizaríamos en la bolsa de valores. Siempre estamos aferrándonos a imposibles, a los amores malsanos, a relaciones destructivas. Sí, ahí vamos una y otra vez: persiguiendo quimeras, suspirando por cosas que a lo mejor ni necesitamos. No es negocio, pero ahí vamos. Bien lo narra Radio Futura: 

“Antes eran dos barcos sin rumbo,
hoy son dos marionetas que van
persiguiendo una luz cegador
por la línea del tiempo.
Han caído los dos en la boca de un dios tenebroso
que sonríe mostrando sus dientes de acero.
Han caído los dos, cual soldados fulminados, al suelo.
Y ahora están atrapados los dos en la misma prisión,
vigilados por el ojo incansable del deseo voraz,
sometidos a una insoportable tensión de silencio”.


jueves, 28 de julio de 2016

Cuando te alquilas para cualquier capricho

Manual para canallas - Cuando te alquilas para cualquier capricho

Dejé de tocar en los bares porque siempre pedían las mismas pinches canciones. Es lo malo de alquilarse para cualquier cosa: estás expuesto a cualquier capricho...


Por eso renuncié a los bares y a los cafés bohemios: “¡El problema, toca El problema!”, gritaba aquella chava. Pude responder algo así como “el pinche problema es que Arjona es el Sabina de los microbuseros”, pero yo tenía que darle pensión a mis dos hijos y no había de otra que trabajar en aquel tugurio de pretensiones bohemias. “Mira, Rober (otro que se comía la “t” de Robert), tocas pocamadre y no cantas tan mal, pero la bronca es que tus canciones están como de, mmm, como te lo digo, son un poco rebuscadas”, me dijo el gerentucho de un bar de Lindavista. Luego sugirió que “lo tuyo es para bares de Coyoacán”. Lo miré como lo haría Ryan Gosling en una película de enredos. “Deberías preocuparte porque no se te vaya a morir un cliente por darle alcohol adulterado”, le respondí, guardé mi guitarra y me largué de allí. Esa noche decidí no volver, así que me emborraché en mi casa, tocando para el auténtico público conocedor: el póster de Jarabe de Palo, el cuadro de Tin Tan y el Darth Vader coleccionable o alguna cucaracha que habitara bajo el refrigerador. La tristeza es una señora gorda en corset o negligé. Y no hay de otra que aceptar su desnudez, esperándote en la cama. Emborracharse no es solución. Tus remedios no curan nada. Yo llevaba casi un año sin trabajo fijo, así que tenía que buscar la manera de conseguir algo de dinero. Una guitarra es buena compañía, te puede salvar de la ruina, pero debes aprender a lidiar con tu orgullo. Tragarte tus palabras mientras entonas “esa canción tan bonita de Nicho Hinojosa, la de ¿Quién te cantará?”, como la pidió aquella vieja cursi que no sabe que la rola la hizo famosa Mocedades. Vale madres, ese pinche Nicho Hinojosa debería ser exiliado a Siberia o ser el cancionero oficial de los burócratas. Aún así, me las ingeniaba para tocar de vez en vez algo de Fernando Delgadillo, lo mejor de Joaquín Sabina o lo menos complicado de Luis Eduardo Aute. Por allí algún “conocedor” se emocionaba, pero el gusto le duraba lo mismo que a mí, porque entonces venía algún cliente trajeado y depositaba 50 varos en mi urna y pedía "Almohada" o alguna otra de José José para deleitar a su amante y secretaria. Dios mío, por qué no viene la nave nodriza y me lleva a mi planeta, pensaba yo mientras tocaba la guitarra de manera mecánica para aquel tipo de corbata espantosa. Por fortuna, esa etapa no duró mucho. Luego entré a trabajar a una agencia de publicidad y también me corrieron. Igual que del bufete de un tío abogángster. No hay de otra: soy especialista en pésimos empleos y en finiquitos muy miserables.


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