jueves, 25 de mayo de 2017

El desamor es un mensaje de WhatsApp

Manual para canallas - El desamor es un mensaje de WhatsApp

Me debes un chingo de besos. Tantos desvelos que llevo a cuestas, la desnudez de tu cuerpo ausente, tu sexo electrizante, el hechizo de tu vientre...


Nos debemos puestas de sol. Los vientos de mayo. Un picnic nocturno. Volar un cometa. Nos debemos un cumpleaños en La Habana, vacaciones en San Miguel de Allende, tu sonrisa tejida en un telar, un diente de león entre tus manos. Nos debemos unos cuantos besos en el Metro, fotos en Palacio de Bellas Artes, un helado en el parque, un maratón de series en Netflix, nuestros pies fríos el próximo invierno. Nos debemos tanto que seguro me echarás de menos y te pensaré más de lo normal.

Nos debemos mil noches desnudos y otros mil pretextos para que el amor nos haga. Nos debemos 100 motivos para llamarnos a deshoras. Nos debemos una carrera de 10 kilómetros, "500 días con ella" por enésima vez, la antología de Mario Benedetti, el alhajero miniatura para mis escasos celos, un libro que hable de tus manías, aquella pulsera con tus iniciales, el poema definitivo que no te he dedicado, la bitácora de mis desvelos navegado tu cuerpo ausente y también nos debemos este adiós definitivo que nunca será prematuro ni tampoco para siempre.

jueves, 18 de mayo de 2017

Nos acechan los malnacidos

Manual para canallas - Nos acechan los malnacidos

A veces no basta con plegarias, ni con un ángel de la guarda o con nuestra buena suerte, cuando estamos a merced de los malnacidos...


"Que nos maten a todos, si esa es la condena de muerte por reportear este infierno. No al silencio": Javier Valdez

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Por supuesto que no basta con nuestra buena o mala o mediana suerte en este país en llamas, en este infierno cotidiano. Claro que no basta cuando estamos rodeados de tanto malparido. Y enferma ver a los políticos prometiendo bienestar, fingiendo ante las tragedias, enviando mensajes solidarios desde su cuenta de Twitter. Enferma ver sus sonrisas optimistas, mientras las granadas fragmentan la tranquilidad del pueblo, mientras las balas agujeran nuestras esperanzas, mientras los reos más peligrosos escapan de los penales de "máxima seguridad", mientras las lluvias inundan nuestras colonias de lodo y miseria, al tiempo que nos ahoga el miedo, mientras los hombres buenos mueren a destiempo y a media calle. No, no hay forma de estar tranquilos cuando en este país matan a los jóvenes por la espalda, cuando acribillan a periodistas a plena luz del día, si secuestran a cualquier hora, si nos estafan de distintos modos. No, no hay discursos ni promesas que oculten la violencia. No, no hay absolutamente nada que me haga olvidar que en este país la gente buena siempre termina sufriendo, llorando a sus muertos, maldiciendo la desgracia de tanta injusticia y tanto atropello. Por eso repito como un mantra las palabras de Dante Guerra: 

jueves, 11 de mayo de 2017

Mujeres hechas de maíz, sol y barro

Manual para canallas - Mujeres hechas de maíz, sol y barro

Mi madre, como la tuya, es hechura de maíz y trigo, orgullo de barro y sol moreno. Y tiene la mirada buena de las mujeres que han sobrevivido a demasiados infiernos...


Cuando era niño siempre creí que mi madre era muy extraña. Eso era lo que yo pensaba todo el tiempo, mucho antes de convertirme en adolescente. Bueno, ¿en realidad qué jefa no es extraña? Y además era fastidiosa. Sí, sé que sonará duro, pero eso es lo que yo pensaba de chamaco. Siempre estaba dando lata con eso de "ya métete a bañar” y aquello de “a ver a qué horas te duermes”. Claro que sí, todos tuvimos una madre un tanto extraña, pero la mía se pasaba. Bueno, eso era lo que yo creía cuando estaba dale y dale con lo mismo. A mí me chocaba, cuando era niño, que insistiera tanto en que me bañara. La verdad es que me daba flojera el agua. Así que era lógico que me llenara de piojos. “Seguro te los pegaron en la escuela”, comentaba mi jefa. Alicia siempre tenía razón. Sí, hay que reconocer que era muy sabia en muchas cosas... y novata en otras, como en eso de enamorarse. Pero bueno, estábamos en que mi madre se enojaba cada que me llenaba de piojos, “porque además se los vas a pegar a tus hermanos”. Y así sucedía. O yo le pegaba los bichos o ellos me los pegaban a mí, pero hubo una época en que no podíamos deshacernos de aquella plaga. Era entonces que Alicia hacía las cosas más extrañas: Por ejemplo, nos echaba insecticida en la cabeza, nos enrollaba un trapo viejo y nos mandaba a dormir. Aquello era un maldito turbante de las pesadillas. En cuanto los piojos sentían el rigor del DDT comenzaban a armar su desmadre y a patalear, pero nosotros teníamos prohibido quitarnos aquella cosa de la cabeza. Obviamente era una comezón tremenda, y cuando al fin lograbas dormirte era inevitable que tuvieras pesadillas constantes. Al otro día, al despertar, aquel trapo que nos quitábamos de la cabeza tenía un chingo de piojos muertos. Y nosotros amanecíamos algo mareados, mucho más locos que la noche anterior. Sin embargo, la solución sólo era parcial porque las liendres no desaparecían. Por eso digo que mi jefa era muy extraña: siempre repetía aquel experimento y nunca logró erradicar por completo la plaga. Otra de las manías de Alicia era mandarnos con la abuela a que nos espulgara. Y la abuela María calmaba sus ansias martirizándonos durante horas: allí estaba yo, rogando a los dioses para que me soltara la cabellera y pudiera irme a jugar a los vaqueros. Tampoco funcionaba. De la vergüenza que causaba el que te descubrieran en la primara ya ni hablamos. De la noche a la mañana podías convertirte en el hazmerreír de todo el salón. Hasta que, bendito sea Dios, crecimos un poco, entramos en la etapa crítica en que te gustaban todas las chavitas de la secundaria y nos bañábamos diario. Yo no lo sabía, pero bañarse seguido era el mejor remedio. Mi madre sí lo sabía, por eso insistía hasta el cansancio. Pero eso no le quitaba lo rara. Sí, mi madre era una mujer extraña. Y cuando lea esto seguro esbozará una sonrisa y pensará que sigo siendo el mismo chamaco loco de siempre, que se escondía en las azoteas.


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jueves, 4 de mayo de 2017

Nos seguirán robando hasta el sueño

Manual para canallas - Nos seguirán robando hasta el sueño

Otra noche sin conciliar el sueño, maldiciendo en silencio, esperando que se acabe este desmadre de sentirse como un pordiosero en el portal de un banco extranjero...


Ayer me repetí mil mentiras frente al espejo. Hoy amanecí con resaca. Hace algunos años me titulé en desengaños. Mis defectos son como medallas que gané en ciertas batallas. Muchos apostaron por mi y los he defraudado. He desperdiciado el tiempo, he vagado en bares caros y tugurios baratos, he zarpado en proyectos que nunca llagan a buen puerto. Mi cartera está vacía y mi currículum es un anecdotario de empleos mal pagados. Yo soy un coleccionista de sinsentidos. No tengo futuro. El presente es un desperdicio. Por más que me esfuerzo, no cosecho más que frutos amargos. Los amigos de la infancia han quedado en el olvido. Hasta el aire que respiro está contaminado. El mundo parece darme la espalda. Y yo duermo acurrucado. El optimismo es mi enemigo. Algunas madrugadas me deprimo. Ciertas tardes me dan migraña. El sol no es solidario. El viento me susurra frases que no entiendo. Mi propia sombra me acorrala. En serio que me siento jodido y no sé qué hacer para remediarlo. Bebo más de la cuenta. Leo como desesperado. Hay ciertas verdades en los libros, pero la realidad te desengaña. Mi traspatio es una zona minada. Vivo en el sótano del infierno. O al menos así me siento. No tarda en arder, otra vez, mi casa. Puede que vuelva a fumar. O quizá deje encendida una veladora. Quizá sea mejor que yo inicie el incendio. Todo lo que poseo no vale un cacahuate. No soy dueño de nada, ni siquiera de mi destino. ¿Ya te conté que me deprimo muy seguido? Dan ganas de cancelar el teléfono o dejar de pagar la luz y el agua. Hay días que la mortificación no deja conciliar el sueño. ¿Qué tal caería otra devaluación?, ¡Ya subieron otra vez el pasaje! El mundo está gobernado por el dinero. El presidente cuida los intereses de los millonarios, mientras tú te preocupas porque alguien no te robe el celular de camino al trabajo. En cada esquina acecha una desgracia. Y en los restaurantes caros, el banquero brinda con champaña. Y en un hospital de lujo, una actriz se resana las arrugas. Y en la clínica de tu colonia se desangra un baleado. Pero todo eso qué importa, qué, si tienes el TV Notas en tus manos o si la Rosa de Guadalupe te repite que los milagros llegan como una brisa suave. En la escuela no debería enseñar física o matemáticas, sino dar cursos para sobrevivir sin la basura televisiva. En las próximas elecciones las mayorías canjearán su voto por unos miserables pesos que los condenarán a la pobreza de todos los días. En las próximas elecciones el candidato oficial sonreirá con el cinismo de los que saben que nos seguirán estafando. Y volverá a subir el pasaje y la gasolina y la canasta básica. Y los salvajes seguirán acechándonos, mientras los políticos están a buen resguardo. Y la violencia es un mancha urbana que se hace cada vez más extensa.


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jueves, 27 de abril de 2017

Traigo una esquirla en el costado izquierdo

Manual para canallas - Traigo una esquirla en el costado izquierdo

Traigo esta pasión que no te olvida. Traigo esta pasión enferma, casi grosera de tan absurda, por tus labios de fuego y por tu cuerpo volcánico e incendiario.


Traigo una esquirla en el costado izquierdo. La tengo alojada, como un tumor malévolo, desde que era un chamaquito asustado. Traigo esta pinche esquirla que se ha ido moviendo, lenta, lentamente, hasta afectar el corazón o su cableado interno. Por eso es que no sano, por eso es que siento esta aprehensión de vez en cuando. Y lloro aunque hay un chingo de canciones y películas que aseguran que los hombres no deben llorar. Y sí, traigo esta esquirla oxidada que de vez en cuando me cimbra y me genera una congoja que ni yo mismo entiendo. Y yo odio verme vulnerable. Lo detesto. No soporto sentirme como aquel niño delgado al que un día le explotó una granada de mano tan cerca, tan cerca como para que una esquirla se me alojara en el costado izquierdo. Y de pronto duele. Y un llanto quemante me agobia, como si fuera un chamaco que ha perdido la esperanza de una vida normal en un mundo corrompido por la violencia. Traigo esta esquirla que no he podido, que nadie ha intentado, extirpar como si fuera un tumor maligno. Y traigo estas cartas suicidas que no he remitido, por el simple hecho de que aún no he podido encontrarme. Traigo este extravío eterno, este no saber a ciencia cierta en dónde estoy parado. Traigo este dolor absurdo que me flagela de vez en cuando y me hace sentir como un niño que no aprendió a correr detrás de un papalote hecho con bolsas de plástico y varas de un árbol viejo. Traigo esta tristeza enquistada que me atosiga de vez en cuando. Y eso no hay cómo remediarlo.