jueves, 16 de noviembre de 2017

Borrarás los besos y mensajes del teléfono

Manual para canallas - Borrarás los besos y mensajes del teléfono

Está escrito en latín, en arameo y cualquier idioma: siempre estamos coleccionando adioses, somos expertos en dramas y despedidas...


Hombres y mujeres, novatos y veteranos en esas cosas del corazón, todos vamos por la vida archivando adioses. Hay quienes coleccionan llaveros, figuritas de luchadores, coches de bomberos, ranitas de cerámica, ángeles de ornato, cómics de su héroe favorito, películas de tal o cual actor, discos de acetato o juguetes de Star Wars. Yo tengo una maldita colección de adioses. Siempre me estoy despidiendo o me están mandando al carajo, con demasiada frecuencia y de distintas maneras. Yo tenía un puñado de amigos y hoy son olvido. Unos se han marchado lejos, otros se han difuminado como el brillo en los retratos. Aquel que no he visto en un par de años, creo que tiene otras prioridades antes que tomarse un trago conmigo. Aquella se ha casado y sus hijos gobiernan sus horarios. Y el otro creo que ha triunfado y está demasiado ocupado mirándose en el espejo, conviviendo con nuevas amistades y bebiendo en cócteles con el tipo mujeres que siempre nos han gustado. Por lo menos aún recibo alguno que otro saludo de Mariela, quien se casó con un italiano y siempre está prometiendo regresar pronto desde Turín. Yo tenía un puñado de amigos y hoy no tengo un carajo, así que estoy pensando seriamente en comprarme un perro que sacuda la cola y se ponga contento cuando escuche el cerrojo que anuncia mi llegada. Nunca fui muy popular que digamos, mucho menos el tipo simpático de la clase, ni el capitán del equipo de futbol, tampoco el más listo de mi clase, pero tuve la fortuna de hacer algunos buenos amigos en la universidad. Y pasó el tiempo y nos emborrachábamos cada viernes y nos prometíamos lealtad a prueba de tiempo. Pero hoy somos unos extraños, que sólo se mandan felicitaciones en los cumpleaños, que coinciden de vez en cuando, que tienen una lista de deberes que son prioritarios. Sí, yo tenía un puñado de amigos y hoy somos como extraños. No es culpa suya, supongo que es mía. O tal vez de ambos lados. Yo no voy a visitarlos al trabajo, ni hacemos parrilladas los domingos, ni les hablo para ver cómo están los hijos, tampoco estoy pendiente de sus logros, ni ellos leen lo que escribo y les vale madre si hoy estoy deprimido. Yo tenía un puñado de amigos y hoy no tengo un carajo. A lo más que llegamos es a frecuentarnos muy de vez en cuando por el Facebook. Pero tengo algunos conocidos y nos llevamos bien y nos emborrachamos los jueves o los viernes, a veces en sábado. Y hay canciones que siempre nos recuerdan algo. Es verdad, siempre estoy rodeado de gente bienintencionada, de personas buenas y otras no tanto, pero debo confesar que extraño a mis amigos de muchos años.


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jueves, 9 de noviembre de 2017

Buscar el placer y engañar al dolor

Manual para canallas - Buscar el placer y engañar al dolor

Nunca fui un niño de sonrisas ni tenía un perro ‘Firulais’. Yo no sacaba diez en inglés, ni era el preferido de la Miss. Yo era un chavito con tenis viejos y percudidos...


Siempre he sido un tipo extraño, con un carácter indescifrable. Puedo ser el mejor amigo o el peor crítico. El pésimo hermano o el padre ideal por un fin de semana. O un amante paciente y un enamorado caótico. Siempre he tenido un carácter muy complicado. Recuerdo que desde que era chavito se me han cruzado los cables. Supongo que no soy el único. Todos tenemos nuestros ratos buenos y también los lapsos en que enloquecemos mucho o poco. A veces por tonterías, en ocasiones con justa razón, pero siempre se nos están cruzando los cables.

jueves, 2 de noviembre de 2017

Remolinos de polvo y vinagre

Manual para canallas - Remolinos de polvo y vinagre

Si te vas a marchar, espera el invierno. Espera un poco, no te vayas este otoño. No me dejes a la deriva del viento amargo, no me chingues más la tristeza...


Ana tenía remolinos en la mirada, pese a que ella era toda primavera, pero yo soy un pinche necio y no hice caso a las señales del diablo. Al final Ana me dejó el reguero de hojarascas en el pinche corazón que no sirve para un carajo. Lo nuestro era como un remolino de polvo y vinagre. Qué chingados tendrá el otoño. Yo no sé qué diablos pasa con el viento que siempre me ha parecido un musitar sombrío. Y las hojas girando su danza interminable, mientras estos ojos húmedos se ponen a tristear. El otoño y yo no somos compatibles, nunca nos sonreímos, siempre estamos riñendo. No es que haga frío, ni tampoco las humedades que deja la lluvia, tampoco es el sol tímido que se asoma unas horas. No, claro que no es nada de eso. Desde pequeño, cuando era un saltarín que subía a los árboles y correteaba lagartijas, no me llevaba bien con el otoño. Y es que no me gustan sus murmullos, ese viento que se queja al mecer los cachivaches o que me deletrea al oído la palabra me-lan-co-lía. Yo quisiera que ya acabará esta temporada tan propicia para los suicidios, para la muerte de las aves que se derrumban con sus nidos. Cuando era un chavalillo correteaba un balón bajo la lluvia, vagaba sin suéter durante el invierno y caminaba descalzo sobre la hierba de la primavera, pero si algo me perturbaba eran los silbidos del viento de otoño al colarse por mi ventana. Y uno tan escuálido y tan proclive a la tristeza, parecía encontrar mensajes del más allá, de alguna de esas almas que nunca descansan en paz. Con el tiempo fui perdiendo el miedo, pero se me acentuaron las tristezas, se me enmohecieron los recuerdos con tantas tormentas. Algunas veces se nos inundaba la cocina, salía agua de las alcantarillas y cruzábamos la calle con los zapatos anegados y los pantalones con el dobladillo en las rodillas. Por eso no me gustan los otoños, con sus lluvias torrenciales, con sus vientos susurrantes y los remolinos de hojarascas que me perseguían como pequeños demonios vociferantes. Yo no soy un tipo de otoños, me llevo mejor con los inviernos aunque se me partan los labios y pese a que no tenga a quién echar de menos.


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jueves, 19 de octubre de 2017

Canciones para tronarse los dedos

Manual para canallas - Canciones para tronarse los dedos

Hay mujeres que duermen abrazadas a sí mismas. Y cuando apagan la luz se quedan un rato con los ojos abiertos, como descifrando los códigos de los ciegos...


Hay mujeres que se recuestan con la congoja a un costado. Hay mujeres que escuchan canciones mientras se muerden el labio inferior o sienten una opresión en el pecho. Hay mujeres que tienen el consuelo de las canciones. Hay mujeres que se truenan los dedos y musitan conjuros contra el desamor. Hay mujeres que se desnudan mientras un escalofrío les recorre las vértebras y a lo lejos suena un piano y un saxofón recién afinado. Una mujer solloza a solas, rodeada de una jauría de miedos. Una chica desesperada nunca encuentra las salidas de emergencia. Y hay mujeres que suelen jugar con fuego con demasiada frecuencia, sin reparar siquiera en el humo en los ojos y el ardor de las manos.


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jueves, 5 de octubre de 2017

No le busques, no le llames

Manual para canallas - No le busques, no le llames

El desamor es un bicho oscuro y lento que te recorre con paciencia el corazón, que no dudará en clavarte sus tenazas o inocularte todo su veneno...


Esa chica que se mira en el espejo está irreconocible. Los ojos nublados, aquella tormenta en el alma, los vientos de octubre en su cabello. Y lo que no se alcanza a ver son los témpanos de tristeza en su interior, el frío que le recorre la espina dorsal. Y es que el desamor es un bicho oscuro y lento que te recorre con paciencia el corazón, que no dudará en clavarte sus tenazas o inocularte todo su veneno. En aquella habitación todo es un retrato fiel del abandono: cajas de cartón apiladas, ropa amontonada sobre el sofá, una coca de lata sobre la mesa, paredes desnudas y ventanas sin cortinas. Karla se acaba de mudar de departamento y no tiene ganas de arreglar nada. Lleva tres días sin hacer gran cosa. Sólo escucha una y otra vez las mismas canciones que a ella le gustan aunque son demasiado tristes. ¿Por qué es tan cruel el amor?, se pregunta una y otra vez. Karla sólo quiere palabras que le recuerden su miseria, que le aten al dolor, porque siempre ha sido propensa a la depresión. Y no sólo eso, sino que le gusta atormentarse, sentirse patética, como una estúpida. Para colmo de males, no soporta la canción que Leonardo le dejó a manera de posdata, "So Cruel", de U2, con una nota que decía “nunca unas simples palabras fueron tan certeras para describir mi desilusión”. Y se marchó como se va agosto o diciembre, con el viento frío a sus espaldas.