jueves, 12 de mayo de 2016

El sonido triste de los adioses

Manual para canallas - El sonido triste de los adioses


En definitiva las mujeres que pierden la calma se vuelven huracán de escalas descomunales, alimentados por los vientos encontrados del amor y la ansiedad...


Cuando alguien te dice algo como “quiero ser el sol de tus amaneceres” es hora de empacar la poca dignidad que te queda y pedir un taxi con rumbo desconocido, esperanzado en que se cruce en tu camino una terminal de autobuses o el bar más cercano. Si alguien te escribe en un papelito que “te quiero igual que la noche a las estrellas”, sería mejor que trazaras al reverso un mapa sin retorno o que dibujaras un túnel que te saque de la maldita prisión de la cursilería. Aún más urgente sería un plan de fuga si cada mañana tu amad@ se empeña en escuchar a Toño Esquinca mientras recitan frases como “el sentimiento es una flor delicada, manosearla es marchitarla”. Si algo sobra en el mundo son tontos que se empeñan en atesorar frases huecas, “tesoros” de la superación personal que no les remediarán la maldita rutina de sus miserias. Sí, en efecto, hay una multitud de desesperados que se quieren quitar las ansias con capsulitas que no curan nada, ni una jodida resaca. Y son esos mismos que vociferan frente al tráfico, lo que maldicen al prójimo, los que menosprecian a los niños en los semáforos, los que se ríen de la desgracia ajena y los que lloran cuando los abandonan. Sí, son los mismos idiotas que no leen un libro al año, pero postean en el Facebook lo más selecto del programa de Mariano Osorio en frases cortas: “Valora lo que tienes porque no es lo mismo perder un minuto de amor que perder el amor en un minuto”.


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jueves, 5 de mayo de 2016

¿Cuándo nos dará un recreo la vida?

Manual para canallas - ¿Cuándo nos dará un recreo la vida?


Un boing de triangulito o un frutsi congelado. Los amigos sonriendo. Un balón rumbo a la portería. La niña linda que te observa. Era el receso perfecto en la niñez.


En un país en llamas, la vida nos ha postergado los recesos. Yo he encontrado más humanidad en la mirada de un mendigo que en los ojos de los corruptos que nos gobiernan. Me he asqueado del engaño en el ceño fruncido de nuestro mandatario. Y me ha dado migraña ante la carestía de nuestra vida cotidiana.

He visto mi reflejo en los charcos cercanos al desagüe y tuve arcadas de bilis en el lavabo y la resaca más reciente me ha estremecido cualquier mañana. Mis borracheras ya no curan nada, no resuelven mis crucigramas. Y la vida me posterga los recreos. Lo dice bien el poeta Jaime Sabines: 

“¿Cuándo la vida me dará un recreo?
¡Carajo! Estoy cansado.
Necesito morirme siquiera una semana”.

He recorrido el filo de tus abismos y el vértigo en definitiva no es solidario conmigo. Seguramente añoraré la curvatura de tus senos pero hoy estoy curado de las náuseas del pasado.

He caminado bajo las lluvias de abril, anegado por pensamientos fúnebres. Y me he vestido de negro, perfeccionando mi epitafio, pero no sé si al final sobreviviré a mis delirios más catastróficos. 

jueves, 28 de abril de 2016

Pequeñas catástrofes, para llevar

Manual para canallas - Pequeñas catástrofes, para llevar


Somos la suma de todas las pequeñas tragedias que nos han perseguido por años y sin piedad: catástrofes para llevar, sin moño o envoltura de celofán...


Somos una suma de pequeñas catástrofes, de mínimas tragedias, que nos han perseguido por años y sin piedad. Desde que ibas al colegio y te reprobaron por enfermarte de varicela antes de los exámenes finales. Desde que tu novia de secundaria te cortó porque usabas aquellas gafas de fondo de botella. Desde que perdiste la virginidad con la persona equivocada. Desde que elegiste una carrera que estaba destinada al fracaso. Desde que resultaste embarazada por el cretino de la clase. Desde que dormiste con la chica que te convertiría el corazón en una piltrafa el resto del verano. Desde que eres sólo olvido.

Ya lo dice Bukoswki, el hombre común o la mujer ordinaria enloquecen progresivamente por las pequeñas tragedias cotidianas: un tacón roto, un sueldo raquítico, un agujero en el bolsillo, los trámites burocráticos, una llanta ponchada, el recibo del teléfono, la infidelidad como una bofetada, una mosca en la sopa, tu mascota atropellada. Sí, lo predijo Bukowski, lo que puede conducirte al manicomio es ese desfile de “pequeñas” tragedias como un despido injustificado, cucarachas en la cocina, una mujer despechada, la gotera en el techo y la maldita camisa que se mancha cuando tienes una cita de trabajo. Sí, con un maldito carajo, el remolino de trivialidades cotidianas pueden irte minando el espíritu igual que la pinche humedad que carcome las paredes del baño. 

jueves, 7 de abril de 2016

Brebajes que atontan el corazón

Manual para canallas - Brebajes que atontan el corazón


Hay mujeres fugaces, como peces de hielo o nubes de algodón. Hay mujeres tormenta, que sólo vienen a dejarte un desastre por todos lados...


Sí, hay mujeres que se evaporan como esas pociones que envenenan el sentido común y te marean el corazón hasta quién sabe cuándo. Así era Marlene. En realidad se llamaba María Fernanda, pero su nombre "artístico" era Marlene. La conocí de una manera poco probable. Marlene lloraba sentada en las escaleras. Intenté ignorarla, pero eso era menos que imposible. “¿Te sientes mal?”, la pregunta era estúpida, lo supe de volada. Ella asintió. “¿Puedo ayudarte en algo?”, traté de corregir. Volvió a asentir. Levantó la cara, se limpió el llanto con la mano derecha y sólo consiguió que se le corriera más el rímel. “Es que me peleé con mi novio y perdí mis llaves y no sé qué hacer”, balbuceó. Mmmm, traté de pensar en algo. “¿Por qué no le llamas a alguna amiga?”, sugerí. “Es que también perdí mi celular, bueno con todo y bolsa”. Mmmta, es lo malo de las viejas que no saben beber. “Lo bueno es que tu cabeza está atornillada al cuerpo”, traté de aligerar la situación. “¿Cómo?”, no me sorprendió que no entendiera la broma. “Si quieres, puedes pasar a mi departamento a hacer alguna llamada”, señalé hacia arriba. “¿De veras?, ay, que lindo”, me tomó la palabra. Marlene vivía un piso abajo. “Allí está el fon”, indiqué, “puedes hacer las llamadas que quieras. Mientras, voy a cambiarme los zapatos”, era un pretexto para dejarla a solas. Regresé y su cara de angustia me lo dijo todo. “No localizo a mi amiga, no me contesta”. Buscar un cerrajero no era opción, no en la madrugada. “¿Te ofrezco un café, un refresco, un trago?”, pura amabilidad, “en lo que resolvemos esto”. Dudó y luego me pidió un cigarrillo. Fumamos, ella volvió a llamar, pero nadie contestó y tuvo que dejar un recado en el buzón. “Ay, manito, ¿qué hago?, no sé qué hacer, es la única amiga con la que me puedo quedar”, estaba a punto de acongojarse, así que traté de calmarla. “No te preocupes, ya pensaremos en algo”, comenté. “Que lindo eres”, la típica frase. Fui a servirme un ron y a ella le llevé una cerveza. “Ay, no, cómo crees, de por sí ya estoy borracha”, pero de todos modos la agarró. “Salud”, chocamos los tragos, después puse un disco. “Que bárbaro, tienes muchos compactos”, hasta entonces reparó en ello. 

“Conservo un beso de carmín que sus labios dejaron
impreso en el espejo del lavabo,
una foto amarilla, un corazón oxidado,
y esta sed del que añora la fuente del pecado”, 

cantaba Sabina mientras Marlene me sonreía de una manera que presagiaba fuego entre las manos.


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jueves, 31 de marzo de 2016

Cuando naces con la suerte torcida

Manual para canallas - Cuando naces con la suerte torcida


"Cuando naces con la suerte al revés, no hay poder humano ni golpe del destino o ayuda divina que te eche una mano. Cuando naces entre paredes sombrías, escasean los motivos para apreciar el alba"...


Cuando naces con el futuro hipotecado, en tus madrugadas caben todos los pretextos para sentirse incomplet@, aquella lágrima que guardas en la almohada, el beso que extrañas cada mañana, la risa que no volverá a sonar en tu celular, las caricias que no te llegarán hasta el alma. Tan tristes y derrotadas son tus noches, que te duelen hasta los tatuajes que no te has hecho. Como si estuvieras desnud@, cala el frío en los huesos. Tantas veces el suicido te manda postales desde la azotea, desde el baño, aunque en realidad tú mism@ eres el remitente y al mismo tiempo el destinatario. Tus ideas malsanas se amotinan tras la puerta y no sabes cómo dispersarlas. El mundo parece ir en tu contra y te sientes incomprendid@. Basta ya de lamentos, parece decir la foto de tu madre. Pero no fuiste educado para ser independiente. Creciste con escaso hogar-dulce-hogar y demasiados reclamos. Niño, deja ya de molestar. Chamaco, no vayas a ensuciar. Órale cabrón, póngase a trapear. Pinche escuincla malcriada, nunca aprenderás. Y encima, el cretino de tu padrastro se manchaba contigo, siempre te veía como un apestado aunque el perdedor era él. No es de extrañar que en tu propia casa te sintieras como un inquilino, de esos que no pueden pagar la renta y se andan escondiendo del casero. Un extraño en tu propia tierra. Y tantas veces besaste el suelo, que hasta aprendiste a caer. Hasta parece que tu estado ideal es deambular, meditabundo.


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