jueves, 21 de julio de 2016

Si te empeñas en ser un idiota

Manual para canallas - Si te empeñas en ser un idiota


Siempre te lo dicen: "Esa vieja no te conviene" o "wey, se ve que es muy inmadura" y "está medio lorenza". Pero uno no entiende, se empeña en ser un idiota...


Y lo mismo pasa a la inversa. Hay mujeres que se aferran a tipos extraños, inmaduros, estúpidos o simplemente culeros. No, no entienden: se empeñan en ser idiotas. Pero, bueno, yo hablo de lo que conozco o lo que he atestiguado. Y sé perfectamente que una mujer histérica es impredecible. Sí, una mujer herida o enojada puede hacer cualquier locura. Desde destrozar tus camisas a tijeretazos o estrellar tu celular contra el suelo, hasta romper el álbum de fotos o amenazar con cortarse las venas. “Pero te vas a arrepentir, cabrón”, es lo menos que te dice una mujer que ha sido lastimada en su orgullo. Y aunque no haya nada extraño en un adiós, ellas se imaginan lo peor: Que hay una fila de mujeres esperándote allá afuera, que “tú ya conociste a alguien más” o, peor aún, “seguro vas a regresar con la puta de tu ex”. En su ira, conjugada con dolor o confusión, ella es incapaz de razonar o entender que la relación ya está más caducada que el pan dulce Bimbo en los expendios de ofertas. Cuesta trabajo hacerle entender que ya no es sano aferrarse a un “amor” que se transformó en codependencia o costumbre malsana. Es en vano advertir que no sirve de nada seguir jugando a los idiotas.


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jueves, 14 de julio de 2016

Nuestro futuro parece un pordiosero

Manual para canallas - Nuestro futuro parece un pordiosero


Soñé que mi futuro era un pordiosero a la deriva, mendigando caricias, comiendo sobras en la banqueta y tapándose del frío con un montón de noticias viejas...


Soy de esas personas que no entienden nada de reformas energéticas, de privatizaciones y esas cosas. Pero estoy de acuerdo con el escritor José Saramago, que protesta a su manera y sugiere “que se privatice todo, que se privatice el mar y el cielo, que se privatice el agua y el aire”. Desde que era niño han privatizado tantas cosas. Recuerdo que mi abuela privatizaba las galletas, “hasta que hagan la tarea”. Y mi primo Gustavo privatizaba su balón del América cuando se enojaba porque le anulaban un gol: “entonces ya me voy, a ver con qué siguen jugando”. Ya en la adolescencia tuve algunas novias que privatizaban el amor, pero es mejor no entrar en detalles. Bueno, no hagamos el cuento largo. Y tampoco pretendo dorarles la pila. Pero sí, desde que era un chiquillo “qué alegría, jugando a la guerra noche y día”, ah no, eso es una balada triste de mi infancia. Bueno, desde que era un niño se han ido privatizando los bancos, las autopistas, el maíz y otros artículos de uso cotidiano. Yo no entiendo nada de esos asuntos, pero resiento las consecuencias. Y mi bolsillo es un pordiosero, que a fin de quincena anda hurgando en busca de las sobras. Y con trabajos que quedan unas monedas para irme de vacaciones un rato a la chingada. No, yo no entiendo de propuestas de reforma, ni esos asuntos de las privatizaciones. Y siguiendo el consejo de Saramago, he enlistado las pocas cosas que son nuestras y que son susceptibles de irse al diablo. Así que puestos a sugerir, yo propongo que privaticen las canciones de amor, las calles en que paseamos al perro, la mierda de nuestra mascota, los árboles que nos dan sombra, los mapas del tesoro que no hemos encontrado, las rutas de escape, la fiebre de los adolescentes, los besos furtivos, las noches prometedoras. Sí, como dice Saramago a los políticos, “que se privatice todo, que se privatice el mar y el cielo, que se privatice el agua y el aire, que se privatice la justicia y la ley, que se privatice la nube que pasa, que se privatice el sueño, sobre todo si es diurno y con los ojos abiertos. Y, finalmente, para remate de tanto privatizar, privatícense los Estados, entréguese de una vez por todas la explotación a empresas privadas mediante concurso internacional. Ahí se encuentra la salvación del mundo… Y metidos en esto, que se privatice también la puta que los parió a todos”. Y si se trata de jodernos aún más la existencia, que se privatice igual el carrusel de la feria y la rueda de la fortuna. Que se privaticen nuestras almas, los miles de suspiros, los recuerdos que nos atormentan y las fotografías de los enamorados.


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jueves, 7 de julio de 2016

Malditos sean los que aprietan la cuerda

Manual para canallas - Malditos sean los que aprietan la cuerda


En la mesa se amontonan las facturas. Mi plan inmediato es pagar el agua y esperar las nuevas tarifas de mierda que nos aplicarán en el próximo recibo de luz. No falta mucho para que el banco me boletine al buró de crédito. En la tele pasan un video de los Killers, el periódico habla otra vez de la Selección Nacional y mi vida es una sucesión de lugares comunes. Abro el refrigerador para cerciorarme de que mi futuro no hiberna allí. Sería una novedad que hubiera un cadáver de pollo, pero no. Sólo encuentro un homenaje al vacío: un trozo de queso rancio, algunos limones tiesos, sobrecitos de catsup Domino's y lo que parecen ser chiles en vinagre. Siento náuseas y el hambre pasa a segundo término. Aún así, tomo el pedazo de queso y le doy una mordida. Mala idea, porque desisto y luego me queda un sabor amargo en la boca. Así que trato de disimularlo con un trago de Sprite sin gas. Mi madre me lo había advertido: vivir solo te da independencia, pero también te condena a los silencios. He aprendido a convivir con mis defectos, pero aún me siento raro cuando escucho mis propios latidos. Lo bueno es que ya pasó la época de tormentas, porque a mí la lluvia no me inspira, como diría Antonio Birabent: 

“A mí la lluvia no me inspira.
Ni me lleva a una salida.
Y las letras no me salen.
Y la cabeza se me inunda
con preguntas de segunda”. 

jueves, 30 de junio de 2016

Hay sombras que no saben de exilios

Manual para canallas - Hay sombras que no saben de exilios


“Hay hombres como sombras, que te besan la espalda. Y hay sombras como perros, que te siguen a todos lados. Hay hombres como sombras, que nunca se van”, me escribió alguien en un trozo de papel...


Igual que los hombres simples, he dejado el traje para mejores ocasiones: como la boda de mi primo Arnaldo o la graduación de mis hijos o hasta mi propio funeral. Ahora, como los hombres prácticos, prefiero los jeans desgastados y el calzado cómodo. También he dejado de lado el portafolios o la mochila ocasional. Y sólo viajo con lo esencial: un libro en la mano o la bitácora del día y lo que apenas me cabe en los pantalones. De hecho, traigo en el bolsillo un montón de cosas que no sirven para nada. Tengo en la bolsa izquierda del pantalón, un cuarto de dólar, una billetera anoréxica, y una píldora contra la depresión que sólo cargo en caso de emergencia. Y en la bolsa derecha se confunde un encendedor con la memoria USB en que guardo algunos textos incompletos. También allí cargo un amuleto contra las malas vibras y una estampita con la imagen de San Charbel, así como la credencial para votar y una nota para recoger la ropa de la tintorería. Y en el fondo habitan restos de tabaco, migajas de galleta, por mencionar algo, y cinco pesos que serían perfectos para viajar en Metro si no fuera porque traigo mi tarjeta recargable con la silueta del Ángel de la Independencia. Y sí, en los bolsillos del pantalón siempre coinciden las cosas más extrañas: un vale para un helado “gratis” en la compra de un pinche combo de hamburguesa-papas-y-refresco. Tal vez un billete de dólar doblado en forma de pirámide, la bolsita con semillitas “de la prosperidad”, el amarre que te dio la astróloga para curar tus decepciones amorosas, una cajita de cerillos, acaso un cortaúñas, dos boletos del trolebús, cuatro números telefónicos anotados en un trozo de papel, el mini calendario que te regalaron en la pollería, los audífonos del celular, un fósforo que escapó del montón, el arete que encontraste en la escalera, un volante del 2x1 en los martes de Pizza Hut, una servilleta de medio uso y la navajita Victorinox que nunca usas pero que cargas por si se ofrece destaparle una chela a la más guapa de la fiesta.


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jueves, 23 de junio de 2016

Simulacros frente al abismo

Manual para canallas - Simulacros frente al abismo


Hay personas que hablan cuatro idiomas, gente que hace esculturas de hielo o que brilla en matemáticas y memoriza todo. Otros sólo somos buenos para los simulacros sobre la cuerda floja...


Hay gente hábil para tejer sombreros de palma. También conozco tipos que arman rompecabezas en tiempo récord. Y están las amas de casa que hacen milagros con 100 pesos diarios. O estudiantes que resuelven teoremas que a mí me resultan indescifrables. Hay personas que nacieron un algún talento: el chico que toca la guitarra como si fuera una extensión de sí mismo; la chava que canta como si en ello le fuera el alma; el señor que arregla un coche sin que le sobren piezas; el obrero que supera en conocimiento al ingeniero; aquel maestro que domina cuatro idiomas o el chaval que juega futbol mejor que en el Playstation; y la señora que cocina con un sazón superior al de la abuela; la secretaria que le resuelve todo al jefe; el niño que se sabe de memoria la capital de todos los países del mundo. Y yo sólo tengo una habilidad, que además se ha deteriorado con el paso de los años: mentir todo el tiempo. Soy un profesional de la mentira. Y también soy bueno para tronarme los dedos o para amanecer con remolinos en la cabeza.


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