jueves, 23 de marzo de 2017

Tormentas envueltas para llevar

Manual para canallas - Tormentas envueltas para llevar

Entre mis silencios y melancolías hay algunas cosas que no entenderás. Tú tan fresca y primaveral, yo tan cactus desértico. Entre tú y yo hay silencios que llenamos a destiempo...


Una mujer desnuda a contraluz es un relámpago de deseo. Eso lo sabía muy bien Sofía. Y el espejo le devolvía la seguridad. Aún así, ella me preguntaba que si la encontraba atractiva. “Sí, eres hermosa y lo sabes”, a mí me encantaba, aunque me chocara esa costumbre tan suya de hablar demasiado mientras se vestía. “Oye, ¿no te dije que la hija de mi jefe intentó suicidarse’?, se giró para mirarme. Sólo alcé los hombros en señal de me-da-lo-mismo. “Siiiií, ¿tú crees? La chavita se dio un balazo en la panza”, siguió mirándose al espejo. “¿Por qué me cuentas eso?”, exhalé, “yo ni conozco a tu jefe y mucho menos a su hija”. Eso llamó su atención y se acercó hacia mí. “Es que, mmm, es que me parece algo terrible”, parecía sorprendida con mi reacción. “A mí lo que me parece terrible es que alguien quiera suicidarse de un balazo en el estómago y no en la cabeza”, expliqué. “No lo sé, pero la chava es anoréxica”, soltó como si eso explicara todo. “Sólo quería llamar la atención”, expliqué con desgano. Yo me pregunté mentalmente cómo es que Sofía sabía todo eso. Seguramente se acostaba con su patrón, aunque ella me había dicho que “no es feo, pero está muy grande para mí”. Entre Sofía y yo no había compromisos, ni presiones, ni nada parecido. Lo nuestro era más como una necesidad. Si pasaba por un mal momento me llamaba con el argumento de “invítame a salir, aunque sea al cine”. Y si yo andaba de humor la buscaba para “echar un par de tragos y bailar un poco”. Al final siempre acabábamos en su departamento y nunca me dijo que me amaba ni yo solté un “te quiero”. Nuestras conversaciones eran básicamente lo que ella contaba: “Mi auto hace un ruido extraño. Creo que es el motor”. Me limitaba a sugerir lo obvio, como “es hora de llevarlo al mecánico”. Para ella era fácil, como quien dice me cambiaré de ropa, manifestar que “mejor le voy a decir a mi papá que me compre otro”. Y yo odiaba cuando hablaba de la bolsa tan padre que se compró quién sabe en dónde su amiga y que sentía envidia-de-la-buena. “Querida, no existe envidia de la buena. Sólo es envidia y ya”, yo acariciaba su pierna. “Ay, me chocas, tú siempre tan así”. Éramos polos opuestos, sólo había deseo y ganas de no estar tan solos por momentos. Estaba claro que eramos dos solitarios que no sabíamos estar solos mucho tiempo. Con la diferencia de que los vacíos de ella eran mucho más complicados de llenar.


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jueves, 16 de marzo de 2017

Flacos como el sueldo de sus padres

Manual para canallas - Flacos como el sueldo de sus padres


Los chicos de mi cuadra serán los desempleados de mañana, los futuros padres de otros chavales más desgraciados. Los chavos de mi barrio tienen el odio tatuado en la mirada...



Han crecido entre crisis, comiendo huevo tres veces a la semana, y sintiéndose agobiados hasta en su propia casa. Por ello se la viven en la calle y buscan aliados entre sus iguales. Los chavos de mi barrio parecen cuidar su poco territorio. Ellos han perdido las sonrisas, también las esperanzas en el futuro, y sobre todo han extraviado el coraje en algún lado. No todos, claro está, pero son escasos los que aún guardan algún destello en la mirada.


Los chicos de mi calle rezuman apatía, transpiran odio a todas horas, reflejan la ansiedad de los que no saben a dónde ir y también exhalan un vaho fermentado en resacas. Yo los miro con curiosidad y ellos me regresan rayos y centellas que pueden ser interpretados como “qué chingados estás mirando”.


jueves, 9 de marzo de 2017

El desamor es un calendario sin domingos

Manual para canallas - El desamor es un calendario sin domingos


Mis pantalones de mezclilla son demasiado viejos, carezco de amuleto de la fortuna, viajo en Metro y nada me preocupa más que despertar cualquier día con tu ausencia a este lado de la cama...


A mí nunca me han gustado las canciones ordinarias, ni las baladas demasiado comunes o los “cantautores” pretenciosos. Prefiero un poema silencioso que un estribillo chocante. Por eso me resisto a las rimas simples, a los lugares comunes. 

Lo saben quienes me conocen y las mujeres que se han ido, tarde o temprano. Nunca he sido bueno para escribir canciones que rebosen optimismo. Bueno, ni siquiera para escribir canciones. Así que no es extraño que sólo les gusten a mis amigos. O que al menos finjan que les parecen buenas. 

A veces escribo cosas como ésta: 

“Tus abrazos domestican a mis bestias internas,
pero tus labios desatan la jauría de mis delirios. 
Soy un tipo ordinario, algo maniático,
que se desespera en la fila del supermercado
y se siente incompleto si no llega a tiempo a algún lado”.

jueves, 2 de marzo de 2017

Mil demonios nos carcomen el alma

Manual para canallas - Mil demonios nos carcomen el alma

Tengo en la memoria los pretextos más comunes de las mujeres que aprendieron a olvidarme. Y también un inventario de caricias que dejaron antes de marcharse.


Aquella tarde presagiaba caos. El ruido urbano acentuaba el estrés. Un chavito me miró por la ventana del microbús y me sacó la lengua. Preferí ignorarlo y saqué un cigarrillo para fumarme la desilusión en esa esquina. Comenzaba a oscurecer, la gente regresaba cansada a casa, mientras yo era un desfile de dudas en aquella acera que hasta me parecía extraña. Maribel acababa de largarse, dejándome a merced de mil demonios que me carcomían el chingado corazón y el alma. “Discúlpame. No eres tú, soy yo”, me había dicho antes. Carajo, se agigantaba mi confusión mientras yo miraba sus ojos esquivos, como si ella temiera que descubriera algo. “Es que creo que no está funcionando, bueno, no sé, deveras no sé qué hacer, mmm, bueno el caso es que no creo que debamos seguir juntos”, más o menos esa fue toda su explicación. Lo que más odié fue su argumento de “no eres tú, soy yo”. Me cai que me hubiera gustado tener la entereza para soltarle algo como “claro que eres tú, porque yo no soy el idiota”. Sin embargo me ganó la caballerosidad, sin saber a ciencia cierta qué carajos decir sin sonar ofensivo. “Perdóname”, soltó ella mientras intentaba tocarme la mejilla. Y yo solamente giré la cabeza para evitar el contacto físico. Luego se marchó sin mirar atrás. Me quedé recargado en la pared, intentando ordenar mis ideas, queriendo que aquello no estuviera sucediendo, pero ya era tarde hasta para preguntarme cosas como “¿qué diablos hice mal?”. En ese momento sólo parecía haber dos opciones: Seguirla en busca de recomponer la relación. O regresar por donde llegué, camino al purgatorio de mi cuarto. Un grafiti en la barda era el señalamiento a seguir. Y yo que siempre he sido demasiado orgulloso, caminé de vuelta y fui a encerrarme en mi búnker con la esperanza de que el bombardeo de dudas no fuera muy intenso. La pinche historia de mi vida. Yo a Maribel la quería mucho, o al menos eso pensaba. Bueno, la quería tanto como se puede querer a alguien cuando acabas de entrar a la prepa. Obviamente ella me dejó para andar con otro tipo menos común que yo, seguramente. Y yo martirizándome, analizando día y noche, qué chingados había hecho mal. Era demasiado joven y estúpido para comprender que las mujeres son expertas en construir laberintos de pretextos….

jueves, 23 de febrero de 2017

Cretinos que se cruzan en tu camino

Manual para canallas - Cretinos que se cruzan en tu camino

Hay muchos tipos de cretinos: ya sea que usen tenis o ropa de marca; algunos tienen poca educación y otros visten de traje de lunes a viernes...


Conocí al Kevin en alguna estación de la línea azul del Metro. Me lo encontraba con frecuencia. Y luego descubrí que era vecino de mi colonia. Nunca me cayó bien, me pareció un tipo insoportable, como tantos cretinos que se cruzan en mi camino. “Buenos días, señores pasajeros. Mi intención no es molestarles, sino pedirles su atención y su comprensión. Vengo de una casa hogar que se dedica a ayudar a mujeres, niños y personas enfermas de sida”. Palabras más, palabras menos, así empieza el choro de Kevin, mientras se pasea por el vagón del Metro y reparte unos folletos que incluyen la dirección de la asociación benéfica que dice representar. Luego procede a pedir la cooperación voluntaria de los pasajeros. Nunca falta el buen samaritano, la señora acomedida, el ingenuo que suelta dos, tres pesitos. Y es que somos poco observadores: ningún joven que anda tan bien vestido, que trae tenis de moda, que se peina como reggaetonero y que usa un arete, puede ser tan buen samaritano como para preocuparse por los infectados de VIH. No, su negocio es lucrar con la bondad de la gente. Por supuesto, Kevin trae una credencial al cuello para completar la farsa, e incluso en sus volantes se encuentra una dirección y un teléfono, pero si alguien se pone a averiguar, se dará cuenta de que todo es falso, que los fondos que recauda son para su propio beneficio. Claro, este muchacho sigue al pie de la letra las enseñanzas de su casa: “el que no transa, no avanza”. Neto, para qué estudiar, para qué un trabajo, si se puede vivir de los demás. Tampoco se trata de que este chamaco se hará rico, pero sí le alcanza para los tragos, pasear a la novia, estrenar unos pantos o una camisita. El wey vive a la vuelta de mi casa y a veces coincidimos en el billar. Yo ya le dije que me parece una auténtica mierda que se aproveche de la gente más amolada que él, pero Kevin hasta presume con sus cuates que sin estudiar trae más varo que muchos que se parten el lomo todo el día. ¿Cómo se involucró en ese desmadre?, no lo sé, pero me contó el Rudy que "El Kevin" anduvo estafando a un homosexual que conoció por la Alameda y que fue él quien le enseñó ese truco de recaudar fondos para “la medicina, pañales, y alimento” de los enfermos de sida. Se supone que debería valerme gorro, pero me saca de onda la gente que estafa al prójimo, sea en pequeña o gran escala. Y se lo digo en su cara. El otro día hasta se puso roñoso, pero le dije que yo sí le partía su madre. “N’omás porque ya ando medio pedo, sino ya estarías en el suelo“, pretextó. Me reí en su cara y estuvo a punto de armarse la boruca, pero uno de sus valedores aliviano el asunto. Como todos los faroles, gritoneó no sé cuántas jaladas. Yo sólo le lancé una mirada recargada, al estilo de “Perros de reserva”, hice la seña de “looser” y le dije que “nunca hay que darle la mano a un pistolero zurdo, porque siempre saldrás perdiendo”. El idiota ni siquiera lo razonó, pero a mí me basta con entenderlo cuando él baja la mirada en cuanto nos encontramos de frente.


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