Pintar cuervos en la ventana

23 julio 2015

Manual para canallas - Pintar cuervos en la ventana

Parecemos cuervos desorientados, viviendo al día, merodeando el alimento, carcomiendo corazones ajenos...


Aurora tiene una contradicción en la mirada: su tristeza es tan gris como sus rutinas. Aurora tiene mañanas como nubarrones y noches que no dan tregua. Ella se casó y enviudó muy joven, tuvo dos hijos varones que son el único motor que la hace caminar en automático.

Con secundaria inconclusa y pocas opciones, Aurora es auxiliar de intendencia en una compañía de limpieza que es experta en evadir impuestos y la explotación laboral. Aurora tiene un porvenir que le grazna en los insomnios. Aurora quisiera sonreír con las cosas más simples, no sentir ese cansancio en las piernas y correr por el jardín con sus hijos pequeños. Pero no es así, no será así, en un país que está en llamas y que está azolado por una plaga de cuervos.

Perfeccionar el arte del escapismo

16 julio 2015

Manual para canallas - Perfeccionar el arte del escapismo

En los bares pasan las cosas más sorprendentes. Lo mismo llega alguien a contarte que es especialista en abrir cajas fuertes, que alguna mujer ebria que te dice que alguna vez fue tan hermosa que anduvo con un millonario...


Claro, no faltan los truhanes que te cuentan las cosas más estúpidas con tal de gorrearte un trago. En una de esas tardes rutinarias, en las que sólo habíamos algunos clientes asiduos, entró un sujeto que irradiaba seguridad, con pelo envaselinado y su portafolio metálico. Miró a su alrededor, me observó unos segundos y fue a sentarse a mi lado. “Buenas tardes”, dijo con amabilidad exagerada. Sólo le saludé con un movimiento de cabeza. Apuesto a que es un vendedor de seguros, reflexioné. Pidió un martini. No mames, a los bares de tercera no se va a beber martinis. Ni que fuera el pinche James Bond en una misión ultrasecreta. Enseguida sacó la cartera y pidió al barman que le cobrara. Se sintió observado y volteó a verme. “Es que tengo la cábala de pagar siempre el primer trago, porque si no me hace daño”, sonrió con una de esas sonrisas que he visto en las películas de estafadores. Ya de cerca me di cuenta que su traje era viejo, que su camisa estaba un poco raída del cuello y que lo único reluciente era su portafolios de aluminio. “¿Y usted a qué se dedica, amigo?”, me cuestionó. “Soy mago”, pero los jueves no trabajo, aclaré. “Ah, que interesante, fíjese que mi abuelo era mago”. Si le hubiera comentado que yo era hombre bala, seguro que hubiera dicho “de niño yo soñaba con trabajar en un circo” o algo así. “¿Y cuál es su mejor truco?”, al parecer no se dio cuenta de que no deseaba charlar con él. “El escapismo”, hice una mueca de fastidio. “Jajajaja”, se rió en mi jeta, “ni que fuera El Chapo Guzmán”. 


>>>

Sueños sin fecha de caducidad

09 julio 2015

Manual para canallas - Sueños sin fecha de caducidad

Caducan los helechos, también el girasol, igual que las uvas en racimo o las bugambilias de mi callejón. Caducan tantas cosas que ya hasta nos da miedo mirar hacia atrás.


Caducan las nubes con forma de oveja, la higuera de la infancia, el columpio junto al río, la paz de estas calles, la inocencia de aquellos niños que jugaban al doctor. Caducan los pastizales, el verde aroma de los valles, bajo el progreso del cemento. Caducan las veredas y se multiplican las autopistas. Caducan los baldíos y crecen los centros comerciales. Caducan las flores, caducan los riachuelos, caducan los barquitos de papel. Caducan las milpas, se multiplican las unidades habitacionales. Caducan las canchas de futbol y las bibliotecas y las señoras barriendo los portales. Caducan los limoneros, la yerbabuena silvestre, los membrillos en el jardín. Caduca el gato que retoza, el perro con sus pulgas, las aves en cautiverio. Caducan los buenos modales, la gente que vale la pena, los héroes cotidianos, los caballeros que ceden el asiento, la mano solidaria, la lealtad a los amigos. Caducan el respeto y la fidelidad. Caducan los honestos, mientras los corruptos forman un ejército. Caduca la licencia de conducir, la receta del médico y la credencial para votar. Lo que no caduca son las deudas, ni ese tronarse los dedos porque es fin de quincena y hay que pagar la renta y la luz y el teléfono. Caducan las cosas buenas, los goces cotidianos, los salvoconductos temporales, nuestros pequeños refugios. 


>>>

El pronóstico del clímax

02 julio 2015

Manual para canallas - El pronóstico del clímax


"Hay un frente frío que me recorre el costado cada que bebo este café amargo. Hay un frente frío en tu lado de la cama. Hay un frente frío que me hace añorar tu vientre cálido. Y este verano es demasiado otoño si no estás a mi lado. Sí, en mi calendario se prevén climas extremos que empeorarán en invierno".


En los calendarios ya no caben tantas lluvias, tantos grises en el cielo, tantas nubes negras como presagios. En los calendarios sólo hay desfiles de tormentas, una sucesión de diluvios, demasiada humedad en las tristezas.

En nuestros calendarios se repiten las melancolías, tantas soledades como truenos, infinidad de aguaceros que empañan la mirada. Estamos condenados a resguardarnos bajo los recuerdos, en las tardes frías y en las noches en vela. Porque somos legión, somos un ejército. Somos los solitarios que se suturan las heridas con cigarrillos y canciones lentas. Somos una multitud de idiotas haciendo malabares bajo una lluvia de melancolías compartidas, caminando con los zapatos mojados. Somos ausencia, antología de adioses, un siempre huir a lugares que nunca son mejores. Somos aleteo que dispersa el viento. Sí, somos ausencia constante. Somos esos que se marchan sin volver la vista atrás, con el corazón como un muñeco vudú en otras manos. Somos legión, somos demasiados. Somos solitarios haciendo malabares con la nostalgia, deambulando con la ropa húmeda y demasiados “hubiera” en la mochila. Me hubiera quedado. La hubiera detenido. Si yo hubiera valorado. Si yo hubiera querido… No estaría tan sol@ en estas tormentas, con los pies mojados y el cabello despeinado, con este frío que cala en los huesos. Somos satélites errantes entre asteroides, a la deriva siempre a la deriva, sin mandar señales al planeta Tierra. Y lo ha descrito Bunbury a la perfección: “Y ahora todo es mejor./ La lluvia de asteroides ya pasó,/ no fue para tanto/ y desde aquí/ todo es insignificante,/ nada es tan preocupante/ y el espacio es un lugar/ tan vacío sin ti…/ No volverás a ver/ la mirada triste/ del chico que observaba el infinito”. 


>>>

Las resacas de mi padre

25 junio 2015

Manual para canallas - Las resacas de mi padre

Recuerdo a mi padre muy poco, casi nada: con su cabello abundante, su barba descuidada y la mirada turbia enrojecida, como si fuera esclavo de alguna resaca...


Como si siempre estuviera desliñado o recién curándose las resacas. Eso, exacto. Mi padre era una resaca constante. Nunca fuimos cercanos, sino como dos extraños. Yo iba a buscarlo a la escuela en la que trabajaba y me recibía de una manera distante: ni un abrazo, ningún gesto solidario, sólo unas cuantas palabras del tipo “¿cómo está, mijo?” o “¿qué anda haciendo por acá, mijo?”. Mis respuestas eran las de siempre: “mi mamá dice que no le ha depositado el dinero” o algo semejante. “Ah, está bien. Dígale a su madre que mañana se lo deposito”. Pero sólo eran pretextos. Siempre se tardaba una semana o una quincena, como si tuviera otras prioridades. Lo que yo creo es que le pesaba darnos la pensión o tal vez su mujer lo manipulaba demasiado o quizá sólo era que Antonio no dejaba de ser irresponsable. Cómo puedo saberlo. Lo que sí tengo muy claro es que mi padre era una resaca constante. Así lo recuerdo. Nunca fue elegante, ni tenía porte. Lo recuerdo desaliñado, con su barba de tres días y la mirada enrojecida. Parecía como si hubiera pasado una mala noche. Y no creo que se desvelara mordiéndose las uñas, atormentado por los remordimientos de habernos abandonado. No, no lo creo. Lo imagino bebiendo caguamas, tocando la guitarra, evadiéndose de su vida miserable. Sí, mi padre era un miserable con todas las letras y el significado de la palabra “miserable”. Así lo recuerdo: desaliñado, astroso, inseguro y miserable. Así se veía. Sí, mi padre era una resaca constante, con la cabeza hecha un lío y el alma erizada por los nervios. Se podría suponer que su alcoholismo era su principal problema. Pero no es así: el gran problema de mi jefe era su maldito egoísmo. Sólo así puedo entender que alguien abandone a cuatro hijos. Egoísmo. Mi padre era una resaca permanente, un egoísmo constante. Mi padre un tipo común y corriente, sin estilo. Nunca convivimos, sólo nos encontramos esporádicamente. Era un extraño, un sinvergüenza, un tacaño recalcitrante, un hombre sin valentía; mi padre era unas cuantas fotografías en el álbum del olvido.


>>>