jueves, 6 de abril de 2017

El rehilete de tu sonrisa

Manual para canallas - El rehilete de tu sonrisa

Te despido mientras sopla este viento suave de abril, te digo adiós con una canción de Sabina. Y te recordaré siempre por el rehilete de tu sonrisa...


Se nos van muriendo los años, los días, los sueños. Y eso es terrible. Pero nada hay más trágico que perder un ser querido. Sobre todo si es joven. Se nos mueren los amigos, los familiares, cada vez más jóvenes, cada vez más antes de tiempo. Por un cáncer o un accidente, fallas en el riñón o cualquier motivo. Y eso es demasiado trágico.

Mi prima Sandra se ha marchado y eso es trágico, con ese velo oscuro de la tristeza. Y no se han secado los lagrimales de su famila, su madre, sus hermanas, sus prim@s y tí@s. No, no alcanzarán las lágrimas ni los rezos, como tampoco los recuerdos, para mitigar este dolor quemante de todos los días. Nuestra prima se ha ido, no sé a dónde, no sé bien a dónde, pero confío en que será a algún resort para las almas buenas. No lo sé, carajo, no lo sé. Pero quiero creer que ella estará en ese cielo prometido del que tanto nos han hablado y que se ganó luego de tanta agonía y sufrimiento. Como también quiero creer que estará observándonos de lo más tranquila, mientras nosotros vivimos apuradamente para no llegar despeinados al trabajo o a la escuela o la cita que tenemos pendiente. 

No sé, en verdad que no lo sé, a dónde habrá ido el alma de nuestra prima Sandra. Pero ojalá que haya sol y brisa marina, que no le falte su licorcito de damiana o un clericot bien frío y un altavoz en el que suene con frecuencia su querido Joaquín Sabina. Ya no está aquí la prima Sandra, no volveremos a verla, pero atesoraremos por siempre su espíritu y su don de gente, su alegría chispeante y la manera en que nos abrazaba. La muerte de un ser querido es definitiva, decía un poeta de esos taciturnos, pero queda su corazón instalado en nosotros. Y eso es aún más definitivo.


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jueves, 30 de marzo de 2017

Las quincenas son más largas sin tu mirada

Manual para canallas - Las quincenas son más largas sin tu mirada

Hay semanas en que te abruman las rutinas y las quincenas se hacen más largas, sobre todo si te olvidan o te regatean las sonrisas y las miradas...


El cansancio de Emiliano no es más que el peso de la angustia. Sus noches se volvieron una hoguera. Desde que Karla lo dejó por su maestro de literatura, no logra sino sentirse miserable, con la autoestima por los suelos, con ganas arrojarse al paso del Metro o al menos de mandarle un pez congelado envuelto en celofán nomás como un homenaje a su corazón. Despertarse a cualquier hora de la madrugada es sofocante, porque Emiliano siente que algo le oprime el pecho. "Es bipolaridad", dictaría algún experto; no, "en realidad pasa por una depresión severa", argumentará el terapeuta. Y lo que nadie sabría explicarle a este pobre sujeto es de dónde proviene ese aleteo que escucha antes de abrir los ojos. Es el recuerdo de esa arpía, que sobrevuela sus insomnios, ha reflexionado Emiliano, pero sabe que es la peor mentira, porque en realidad son las alas de la ausencia. Desde entonces él dejó la poesía, así que prefiere emborracharse, cumplir con su horario de oficina, dormir lo más posible aunque siempre amanezca agotado. Ya nada quiere saber de literatura, ni de musas, ni de ángeles o metáforas o ninfas de pechos perfectos; incluso en la computadora ha pegado el poema más certero de José Ángel Buesa: 

"Quizá pases con otro que te diga al oído
esas frases que nadie como yo te dirá;
y, ahogando para siempre mi amor inadvertido,
te amaré más que nunca... y jamás lo sabrás. 
Yo te amaré en silencio... como algo inaccesible,
como un sueño que nunca lograré realizar;
y el lejano perfume de mi amor imposible
rozará tus cabellos... y jamás lo sabrás". 

Y sí, en definitiva, las ausencias, el dolor, la ansiedad, siempre acabarán con los que siguen confiando en ese bicho extraño que es el amor. He visto a los enamorados desde la ventanilla del autobús, en los andenes del Metro, y no los entiendo. No logro descifrar sus códigos, no entiendo sus teorías de la felicidad. Complicada fórmula, extraña pócima, es el amor en primavera.


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jueves, 23 de marzo de 2017

Tormentas envueltas para llevar

Manual para canallas - Tormentas envueltas para llevar

Entre mis silencios y melancolías hay algunas cosas que no entenderás. Tú tan fresca y primaveral, yo tan cactus desértico. Entre tú y yo hay silencios que llenamos a destiempo...


Una mujer desnuda a contraluz es un relámpago de deseo. Eso lo sabía muy bien Sofía. Y el espejo le devolvía la seguridad. Aún así, ella me preguntaba que si la encontraba atractiva. “Sí, eres hermosa y lo sabes”, a mí me encantaba, aunque me chocara esa costumbre tan suya de hablar demasiado mientras se vestía. “Oye, ¿no te dije que la hija de mi jefe intentó suicidarse’?, se giró para mirarme. Sólo alcé los hombros en señal de me-da-lo-mismo. “Siiiií, ¿tú crees? La chavita se dio un balazo en la panza”, siguió mirándose al espejo. “¿Por qué me cuentas eso?”, exhalé, “yo ni conozco a tu jefe y mucho menos a su hija”. Eso llamó su atención y se acercó hacia mí. “Es que, mmm, es que me parece algo terrible”, parecía sorprendida con mi reacción. “A mí lo que me parece terrible es que alguien quiera suicidarse de un balazo en el estómago y no en la cabeza”, expliqué. “No lo sé, pero la chava es anoréxica”, soltó como si eso explicara todo. “Sólo quería llamar la atención”, expliqué con desgano. Yo me pregunté mentalmente cómo es que Sofía sabía todo eso. Seguramente se acostaba con su patrón, aunque ella me había dicho que “no es feo, pero está muy grande para mí”. Entre Sofía y yo no había compromisos, ni presiones, ni nada parecido. Lo nuestro era más como una necesidad. Si pasaba por un mal momento me llamaba con el argumento de “invítame a salir, aunque sea al cine”. Y si yo andaba de humor la buscaba para “echar un par de tragos y bailar un poco”. Al final siempre acabábamos en su departamento y nunca me dijo que me amaba ni yo solté un “te quiero”. Nuestras conversaciones eran básicamente lo que ella contaba: “Mi auto hace un ruido extraño. Creo que es el motor”. Me limitaba a sugerir lo obvio, como “es hora de llevarlo al mecánico”. Para ella era fácil, como quien dice me cambiaré de ropa, manifestar que “mejor le voy a decir a mi papá que me compre otro”. Y yo odiaba cuando hablaba de la bolsa tan padre que se compró quién sabe en dónde su amiga y que sentía envidia-de-la-buena. “Querida, no existe envidia de la buena. Sólo es envidia y ya”, yo acariciaba su pierna. “Ay, me chocas, tú siempre tan así”. Éramos polos opuestos, sólo había deseo y ganas de no estar tan solos por momentos. Estaba claro que eramos dos solitarios que no sabíamos estar solos mucho tiempo. Con la diferencia de que los vacíos de ella eran mucho más complicados de llenar.


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jueves, 16 de marzo de 2017

Flacos como el sueldo de sus padres

Manual para canallas - Flacos como el sueldo de sus padres


Los chicos de mi cuadra serán los desempleados de mañana, los futuros padres de otros chavales más desgraciados. Los chavos de mi barrio tienen el odio tatuado en la mirada...



Han crecido entre crisis, comiendo huevo tres veces a la semana, y sintiéndose agobiados hasta en su propia casa. Por ello se la viven en la calle y buscan aliados entre sus iguales. Los chavos de mi barrio parecen cuidar su poco territorio. Ellos han perdido las sonrisas, también las esperanzas en el futuro, y sobre todo han extraviado el coraje en algún lado. No todos, claro está, pero son escasos los que aún guardan algún destello en la mirada.


Los chicos de mi calle rezuman apatía, transpiran odio a todas horas, reflejan la ansiedad de los que no saben a dónde ir y también exhalan un vaho fermentado en resacas. Yo los miro con curiosidad y ellos me regresan rayos y centellas que pueden ser interpretados como “qué chingados estás mirando”.


jueves, 9 de marzo de 2017

El desamor es un calendario sin domingos

Manual para canallas - El desamor es un calendario sin domingos


Mis pantalones de mezclilla son demasiado viejos, carezco de amuleto de la fortuna, viajo en Metro y nada me preocupa más que despertar cualquier día con tu ausencia a este lado de la cama...


A mí nunca me han gustado las canciones ordinarias, ni las baladas demasiado comunes o los “cantautores” pretenciosos. Prefiero un poema silencioso que un estribillo chocante. Por eso me resisto a las rimas simples, a los lugares comunes. 

Lo saben quienes me conocen y las mujeres que se han ido, tarde o temprano. Nunca he sido bueno para escribir canciones que rebosen optimismo. Bueno, ni siquiera para escribir canciones. Así que no es extraño que sólo les gusten a mis amigos. O que al menos finjan que les parecen buenas. 

A veces escribo cosas como ésta: 

“Tus abrazos domestican a mis bestias internas,
pero tus labios desatan la jauría de mis delirios. 
Soy un tipo ordinario, algo maniático,
que se desespera en la fila del supermercado
y se siente incompleto si no llega a tiempo a algún lado”.