El porvenir es un ratón viejo. Así interpretó las cartas aquella mujer que insistió en adivinarme el futuro. Y me advirtió que ni se me ocurriera dormir de espaldas a la luna...
Nunca he creído en tales patrañas como la adivinación, ni en amarres o el típico "alguien te está trabajando, puede ser por envidia o resentimiento". Sin embargo accedí a que la señora me echara el tarot sólo porque me recordó a una comadre de mi jefa que me cuidó cuando yo tenía algo así cómo siete años: Doña Pachis tenía la mirada de los búhos, llena de insomnios y sabiduría, pero su sonrisa estaba contaminada con un rictus de amargura. Por ello es que acepté que la gitana me adivinara el "futuro por venir". Cuando me dijo lo de el "ratón viejo" imaginé una copla infantil o un cuento sobre un abuelo ratón tratando de educar a sus nietos ratoncitos. Pero no, no era tan simple el asunto. "Ten cuidado", prosiguió la tarotista, "una lúgubre sombra te persigue, un luto próximo aletea en el aire". Nunca he sido susceptible a esos vaticinios. Uno se muere y ya, sin fanfarrias ni recapitulaciones de toda tu vida en segundos. No, esto no es Macondo ni hay realismo mágico en eso de morirse. La muerte es llana y vulgar. La muerte es simple y fría, no tiene nada qué ver con catrinas de postal. Ya lo sabía yo, que soy un escéptico recalcitrante. Por eso no le di importancia a eso de "el porvenir es un ratón viejo", hasta que alguien me explicó que ese era el nombre común de las mariposas nocturnas "y están asociadas con "el mal agüero y también la muerte". Con razón la pitonisa se sorprendió cuando yo la miré con cierta sorna cuando dijo ceremoniosamente eso de "aquí veo que el porvenir es un ratón viejo" y luego siguió con eso de "no debes dormir de espalda a la luna, que te puede contagiar el insomnio, un insomnio lleno de fantasmas y deudas del pasado". Patrañas. Le di unas monedas y me largue de allí, dándole la misma importancia que a un bocinauta en el Metro.
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