jueves, 15 de diciembre de 2011

Que no me toque la maldad en esta rifa

© Manual para canallas

La maestra advirtió que aquel alumno que faltara al intercambio navideño sería reprobado, así que no teníamos elección. Yo no sé todavía por qué carajos se empeñan en esas tonterías, como si aquello nos fuera a hacer más amigos del tipo que nos caía gordísimo…

Mi madre hizo un mohín cuando le di la noticia y de inmediato reprochó que “ya no saben en qué hacernos gastar, como si uno cagara dinero”. Y es que la situación en casa no era nada sencilla, había demasiadas cuentas por pagar: la renta, luz, agua, el gas, la cooperación para la posada de mi hermana, la piñata que le tocó comprar a mi otra hermanita, el traje de pastorcillo para la pastorela en que salía mi carnal y un sinfín de etcéteras, sin contar que se aproximaba el Día de Reyes en menos de un mes. Además eso de los intercambios navideños era terriblemente decepcionante. El ejemplo más claro es que mi madre eligió una bufanda a cuadros que ni a mí me gustaba y mucho menos entusiasmaría al chamaco que la recibiría. Así que fue penoso el día en que fuimos pasando uno a uno al frente para entregar el obsequio y abrazar falsamente al niño o la niña que te tocó en el intercambio. “¿Quién te tocó, Roberto?”, me preguntó la profesora. Por poco y se me sale decir “El Chakespiere”, como le decíamos al que siempre declamaba en los festivales del Día de la Madre y el Día del Maestro y el día de pasar a hacer el ridículo. Pero recompuse a tiempo y señalé a la segunda fila para decir “Fernando”. Entonces, bien peinadito y tan pulcro como siempre, él se levantó y fue por su fabulosa caja envuelta en papel metálico con esferas de colores. Nos dimos un abrazo a medias, para luego huir a nuestros lugares. Uno a uno fueron desfilando para repetir el numerito, que era coronado por aplausos tan entusiastas como un obrero en fin de quincena. Lo peor fue cuando pasó Ileana, que además de ser la más fea del salón le decían La Mostachona porque tenía más bigote que todos los de tercero. Ella dijo mi nombre y de volada me puse rojo cuando pasé al frente. Alguien gritó el estúpido “¡beso, beso, beso!” y algunos siguieron el coro mientras el resto se carcajeaba. Y todo para que mi cara se pintara de decepción al ver que por enésima ocasión me habían regalado unas “Lenguas de gato”, sin saber que a mí los pinches chocolates nunca me han gustado. La misma historia de antes: mis hermanos devorarían los chocolates, mientras Nadia se quedaría con la cajita para guardar chucherías. Desde entonces odio los tristes intercambios navideños, porque te dan las cosas más inútiles, los regalos reciclados de la abuela: una taza con chocolates y envuelta en celofán, los guantes para el frío, la bufanda ridícula, el Surtido Rico de galletas, el chingado muñeco de peluche o aquella cartera con el escudo de tu equipo y el llavero que tenía olvidado el padre en algún cajón. Por eso crece uno traumado, me cai de madres. Yo por eso alucino las “Lenguas de gato”, que al parecer han ido perdiendo popularidad desde que todos regalan chocolates Ferrero-Rocher. Al fin y al cabo son la misma gata, pero revolcada. Alguien en el mundo debería prohibir que le arruinen la vida así a los chamacos. O propondré un decreto para lanzarle huevos al maestro que vuelva a proponer que “deberíamos hacer un intercambio”.

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Yo no sé para qué chingados me quejo, si la vida es una sucesión de intercambios, algunos peores que los navideños. El amor mismo es un intercambio: das lo mejor de ti y a cambio te dejan un corazón desvencijado. Mi madre entregó su vida a un empleo mal pagado y al jubilarse le entregaron una pensión indigna. Tu padre invirtió un año de su vida en el trabajo y a cambio le toca un aguinaldo tan raquítico como sus posibilidades de que un día se gane el Melate. Aquella chica le entregó su cuerpo cálido al tipo que decía amarla demasiado y ahora ella llora junto a un bebé que no tiene padre. La madre divorciada le dio sus mejores años al hombre de su vida, para que a fin de cuentas la cambiara por una secretaria mucho más joven. Un par de estudiantes dedicaron años a la escuela para sacar a su familia adelante, sólo para recibir un disparo mortal de unos imbéciles que nunca sentirán remordimientos. Y mi madre sigue esperando que un dios piadoso le haga justicia a su bondad, mientras su mirada cansada se detiene en el parpadeo continuo de su arbolito de Navidad. No hay regalos suficientes que mitiguen la falta de esperanza, ni esta crisis feroz que nos rodea. No hay intercambios navideños que nos despierten una sonrisa sincera, ni un brindis de fin de año que nos reconcilie con la esperanza de que el futuro vendrá con un moño de regalo. No, no hay festejo que nos aleje esta jodida sensación de que alguien nos está estafando. Aunque este loco se ría solito cuando lee en Twitter y Facebook que a “Peña Nieto deberían regalarle libros en vez de votos”. No, no hay festejos que nos hagan sentir plenos, no cuando en este país asesinan a los jóvenes por la espalda; no, no hay espíritu navideño que alcance a distraer las señales de alarma; ni villancicos que opaquen las ráfagas que se escuchan allá afuera. No, no hay un árbol navideño lo suficientemente hermoso que me haga olvidar que en este país los hombres buenos siempre terminan sufriendo, llorando a sus muertos, maldiciendo la desgracia de tanta injusticia y tanto atropello. Por eso confío tanto en esta plegaria de Dante Guerra:

“Que no me alcance esa bala perdida,
que no me toque la maldad en esta rifa,
que los dioses blinden a mi ángel de la guarda.

Que no me roce la locura ni me roben la esperanza.

Que mis pasos vuelvan a casa,
que los rezos de mi madre surtan efecto,
que este país en llamas no se vuelva más cenizas.

Y que los hombres justos ganen algunas batallas,
aunque sean mínimas, en medio de este purgatorio”.

manualparacanallas@hotmail.com

Manual para canallas
Roberto G. Castañeda
Jueves 15 de Diciembre de 2011

 

© Manual para canallas

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