jueves, 7 de enero de 2010
jueves, 29 de enero de 2009
En otros brazos
Estoy mirando el techo del Palacio de Bellas Artes. Sentado frente a una taza de café más animada que Valeria, intento no bostezar. Los silencios son tan incómodos que estoy tentado a pedirle a la mesera que me traiga un dominó, a pesar de que en la cafetería del Sears eso no existe. “Estoy embarazada”, fue lo primero que me dijo incluso antes de que me sentara. Vaya recibimiento. Y yo que no traje serpentinas para festejarlo. “Hola, amor. Bienvenida al mundo real”, intenté ser sarcástico pero ella no estaba para sutilezas. Se supone que Valeria y yo habíamos terminado casi un mes antes, pero insistió en que nos viéramos cerca de su oficina, bueno, la de su jefe. “¿Qué vamos a hacer?”, respondió a mi beso en la mejilla con frialdad. “Mira, yo sé que es algo que no estaba en tus planes”, manifesté, “pero al menos podrías ser un poco más cálida que mi frigo bar”. Me miró con odio. “¿Siempre tienes que ser tan duro?”, reclamó.
No fui yo quien terminó la relación. Valeria pidió tiempo “para replantear la relación”, aunque yo sabía por una amiga en común que ella estaba entusiasmada con un chico de su trabajo. “Vale me cae muy bien, pero creo que tú no te mereces esto”, se justificó Adriana para contarme el chisme. Es lo malo de no ser un cursi: faltan tarjetas de aniversario y siempre sobra un tipo que es más atento que tú. “Las mujeres necesitamos sentirnos halagadas”, fue algo de lo que pretextó Valeria. Nunca he sido un romántico, lo siento. Luego comentó algo como “es mejor que nos alejemos un tiempo, para pensar si vale la pena seguir con esto”. Para andar conmigo dejó a su novio, así que me pareció justo que me hiciera a un lado y se refugiara en otros brazos. Pensé que me había olvidado, hasta que me citó en este lugar. “La vista es hermosa”, celebró la primera vez que la llevé allí.
Ahora estamos separados por los silencios. Pido un café y enciendo un cigarrillo. “¿Cómo ves?”, pregunta Valeria. “¿Estás completamente segura?”, interrogo. “No soy estúpida”, se apoya en su mirada más rencorosa, “ya me hice un par de pruebas de embarazo”. La mesera me trae el capuchino y me sonríe con amabilidad. Le respondo igual. “Carajo, ¿tienes que coquetear con esa zorra?”, la misma Valeria de siempre. “Sólo estoy siendo amable”, la aclaración está de más. “Podrías ser amable conmigo y decirme qué chingados vamos a hacer”, se nota harta. Entonces, por las bocinas suena una canción que me encanta: Sin documentos, con Julieta Venegas. Tarareo el estribillo. Valeria lanza fuego por los ojos.
“Querida, lamento informarte que se me acabaron las solicitudes para procrear hijos”, señalo con toda calma. Ella hace una mueca horrible. “¿Qué, eso qué?”, luce contrariada. “Si estás embarazada no soy yo a quien deberías convocar a una reunión urgente”, trato de ser claro, “porque hace rato que me hice la vasectomía”. Valeria no lo puede creer. “Pero tienes dos hijos…”, intenta convencerme. “Por eso mismo me operé, porque con dos es suficiente”, detallo, “y también por eso me divorcié, porque mi ex quería otros dos”. Maldito, es lo que leo en su mirada. “¿Entonces por qué siempre usabas condón?”, aún no está convencida. “Porque cuando tú y yo empezamos a andar aún te acostabas con tu ex. Y yo sé con quien me voy a la cama, pero no sé con cuántas viejas se revolcaba él”. Su mirada es fulminante. “Tú no eres humano, no puedes ser así”, suelta con desgano. “De hecho, estoy esperando que venga la nave nodriza por mí”, se me escapa la ironía. “¿Por qué eres así, por qué?”, el coraje apenas la deja hablar. “Eso no importa, es secundario”, trato de sonar tranquilo, “lo relevante ahora es que encuentres al padre de tu hijo”. Sus ojos se hacen extra grandes. “¡Estúpido!”, estoy seguro de que se contiene para no darme una cachetada. Se marcha como una diva en una pésima película. “Uuuy, tu chica se fue echando lumbre”, es la meserita guapa. Sólo le guiño un ojo. “¿Se te ofrece algo más?”, su tono es más que amable. “Claro, ¿podrías darme tu teléfono?”. Toca mi hombro y suelta un “¡tonto!” de lo más prometedor.
Roberto G. Castañeda
El Universal
Jueves 29 de enero de 2009
jueves, 22 de enero de 2009
Hasta los huesos
En una madrugada caben todos los pretextos para sentirse incompleto, aquella lágrima que guardas en la almohada, el beso que extrañas cada mañana, la risa que no volverá a sonar en tu celular, los besos que no te llegarán hasta el alma. Tan triste y tan derrotada es tu noche, que te duelen hasta los tatuajes. Como si estuvieras desnudo, cala el frío en los huesos. Tantas veces el suicido te manda postales desde la azotea, desde el baño, que no sabes si en realidad tú mismo eres el remitente y al mismo tiempo el destinatario. Dejen ya de joder. Tus ideas malsanas se amotinan tras la puerta y no sabes cómo dispersarlas. Eres más vulnerable de lo que pareces, esa careta insensible te queda grande. El mundo no está en tu contra, pero de todas maneras te sientes incomprendido. Basta ya de lamentos, parece decir la foto de madre. Pero nunca fuiste educado para ser independiente. Creciste casi a la intemperie, con escaso hogar y demasiados reclamos. Niño, deja ya de molestar. Chamaco, no vayas a ensuciar. Órale cabrón, póngase a trapear. Pinche escuincle malcriado, nunca aprenderás. Y encima, el cretino de tu padrastro se manchaba contigo, siempre te veía como un apestado y el perdedor siempre era él. No es de extrañar que en tu propia casa te sintieras como un inquilino, uno de esos que no pueden pagar la renta y siempre se andan escondiendo del casero. Un extraño en tu propia tierra. Y tantas veces besaste el suelo, que aprendiste a caer y ahora te tiras a propósito esperando que alguien te levante. Por eso no duras con las viejas, porque eres demasiado manipulador y eso al final siempre harta. Hasta parece que tu estado ideal es añorar lo que nunca jamás sucederá. Y llenar tu diario con frases que te hacer ver más patético, como esa última que ahora transcribes:
“Tú que tanto has besado,
tú que me has enseñado,
sabes mejor que yo
que hasta los huesos
sólo calan los besos
que no has dado”.
Ni siquiera en eso eres original. Sólo copias lo que otros hacen, en lugar de sentarte a inventar tu propio epitafio.
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Marcela huyó de su casa muy temprano. Se fue a vivir con su hermana, escapando de un tío que intentó abusar de ella. “Estás loca, pinche escuincla”, le dijo su propia madre en lugar de abrazarla y prometerle que las cosas irían mejor. Así son los padres casi siempre: no se atreven a enfrentar las responsabilidades, prefieren engañarse y fingir que no pasa nada. Cómo le van a creer a una chamaca que se la pasa de vaga, según sus padres, y se anda besuqueando con el novio. Por qué habría de ser verdad, si el tío tiene cara de gente decente y “hasta trabaja con un licenciado”, como si los pinches licenciados fueran gente de fiar. Da lo mismo que sea abogado o dueño de una cadena de supermercados e incluso un cura con cara de abuelo. El diablo es experto en disfraces. Así que Marcela fue expulsada de su propio cuarto, ese mismo donde creció con muñecas y ositos de peluche. Y ahora comparte dormitorio con su sobrina, una pequeñita que siempre deja la puerta abierta para que sus miedos no se encierren con ella. Y Marcela no tiene privacidad y no se baña hasta que se va su cuñado, porque tiene miedo de que la historia se vuelva a repetir. No es que Juan Carlos sea mala persona, si hasta se ve que adora a Gaby, pero Marcela ya no confía ni en su propia sombra. Y llora en las noches. Y trata de encontrar respuestas a preguntas que nadie puede contestar. Hasta llegó a pensar que ella era culpable. Pero no, ella no tiene culpa de que sus caderas, sus senos, sean codiciadas por ese monstruo llamado lujuria. Lo nota en la calle, en cada comentario obsceno, en aquellas miradas groseras, en los arrimones del Metro… lo notó en el aliento alcohólico del primo de su padre cuando se aventó encima de ella. Sólo el instinto de supervivencia logró vencer el miedo y ella se encerró en el baño y no salió hasta la madrugada, con los ojos llorosos y la rabia de saberse ofendida. Lo peor fue que su propia madre le diera la espalda. Y Marcela no volverá a ser la misma. El miedo se ha instalado en sus huesos. Y un escalofrío la invade cada que un tipo la sigue un par de cuadras. La tranquilidad anda escasa. La verdad nunca es valorada. Y las lágrimas no remedian nada.
Roberto G. Castañeda
El Universal
Jueves 22 de enero de 2009