“¿Ya vieron la última película de Derbez? Está de pelos, deberían darle un Oscar al weeey, mínimo”, dice un imbécil que está sentado junto a mi mesa y es inevitable voltear a verlo con inmediatas ganas de ahorcarlo con su propia corbata.
Sus cuates, igualmente trajeados y con zapatos cuyo precio equivale al sueldo mensual de una afanadora, parecen estar de acuerdo. En ese instante me dan gana de decirle que el día que Derbez gane un Oscar será una señal inequívoca del Apocalipsis, pero estoy seguro que tardaría media hora en reflexionar y captar el sarcasmo.
Estoy rodeado de estúpidos que hablan de coches, dinero y viejas, sexo y viejas, fútbol y viejas, drogas y viejas... así que soy presa de un ataque de ansiedad, como si en cualquier momento me fuera a parar y mentarle la madre a todo mundo, pero hago un esfuerzo y afortunadamente en ese momento entra Jessica y gira la cabeza buscándome hasta que me mira, sonríe y saluda con la mano de manera tímida a media altura, como lo hace Anne Hattaway en sus películas cursis.
Sonrío como el tonto que suelo ser frente a las mujeres guapas, mientras acepto sus disculpas por llegar tarde. Esta cantina es cara y es terrible. Sólo acepté porque está a unas cuadras de donde trabaja ella.
“Nooooo weeeey —otra vez la voz tipluda de mi vecino— es que Cameron Diaz está anoréxica, yo prefiero a Beyonce o a J-Lo; esas viejas sí están bien cachondas”. Uno de sus amigos protesta: “¡Estás loco pinche Alexis! La que sí está muy cachonda es Salma” y suelta el nombre como si conociera a la actriz. Me cai que la estupidez está a la alza. Bien decía un gran escritor: “Frente a las mujeres tontas nos queda el recurso de la galantería; frente a los hombres tontos uno se encuentra desconcertado”.
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