Tal parece que el destino es una sucia botarga, un antifaz del optimismo, un doctor Simi bailando frente a la farmacia. Sí, el destino es un simulacro: una danza frenética frente a tus ojos, en plena calle...
Nayeli hubiera querido terminar la prepa, pero la separación de sus padres no sólo la emparentó con la tristeza, sino que la obligó a trabajar para ayudar a su madre con la obligación de cuatro hijos. Ella es la mayor y apenas va a cumplir un año como cajera de supermercado. El sueldo no es malo, pero tampoco es que alcance para ayudar a su madre y seguir en la escuela. Mientras sus amigas reprueban materias tan simples como historia y apreciación del arte, Nayeli tiene que atender a cientos de amas de casa, señoras histéricas, esposos malhumorados y un sinfín de gente que sonríe mecánicamente. Ella que es tan delgadita, tan de ojos hermosos, tan frágil emocionalmente, parece destinada a esos trabajos malpagados: cajera, vendedora de celulares, recepcionista en un buffet de cuarta, secretaria de algún usurero o hasta ayudante de mago en fiestas infantiles. En sus días de descanso tiene que lavar su ropa, ayudarle a su madre con el quehacer, hacer el desayuno para sus hermanos y darle vueltas y vueltas a su desánimo, igual que si fuera un pollo en rosticería.
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