Aquella lágrima bajó despacio por su mejilla, hizo una leve pausa junto a la fosa de la nariz y siguió su recorrido hasta la barbilla. Una lágrima silenciosa es tan devastadora como un sollozo…
Al menos así se sentía Marlem: destrozada, como el cráter de una explosión en el corazón. Pero su orgullo le impedía gritar, hacer evidente su dolor. Jonathan ni siquiera tuvo el valor, ya ni hablamos de la decencia, de mirarla a la cara para decirle “este loco se va con otra loca” o algo menos sabinesco, como “yo no sirvo para estas cosas”. El muy culero sólo le mando un mensaje de texto. Y luego apagó el celular. O le quitó el chip. Y el mensajito decía poco y todo: “Ya no quiero nada contigo. Y no me busques”. Pero qué, que puede esperar de un idiota al que conoció hace menos de cuatro meses en un desmadrito en casa de la prima de una amiga. Y eso de “conoció” es relativo, porque a ciencia cierta sabía muy poco de él. Y a la inversa: él sabía poco de Marlem.