jueves, 13 de enero de 2011

Mis plegarias ya están reservadas

© Manual para canallas

Mi padre fumaba cigarros Raleigh, acostado y mirando al techo. Yo siempre lo recuerdo acostado. Llegaba de trabajar y se acostaba, encendía un cigarrillo y empezaba a maquinar planes de fuga. Bueno, eso creo yo porque al poco tiempo se esfumó. No dijo “voy por cigarros” y no regresó. No, sólo le dijo a mi madre que ya no soportaba esa vida…

Y eso se traduce así: ya no aguanto tus reclamos, ni a esos cuatro mocosos, como tampoco dormir a tu lado, ni soporto tu voz, ni me gusta comer tus guisados. Y así sucesivamente. Y como en estos casos, los pretextos sólo eran una bomba de humo para tratar de ocultar algo que se traía entre manos.

La realidad es que mi padre estaba enculado, entusiasmado con una compañera de trabajo que le había sacado lustre a su vanidad. Además de acompañarlo en sus borracheras, ella lo trataba como-me-merezco, seguro pensaba Antonio. Y Antonio comenzó a llegar cada vez más tarde a casa, cada vez más ebrio, cada vez más insolente, como tratando de que mi madre se hartara y lo corriera. Porque como todo alcohólico, mi padre era manipulador y conmiserado: su plan era que mi jefa lo mandara al carajo para tener el pretexto perfecto y decir “no fui yo, fue ella quien tomó la decisión”.

Pero mi madre siempre ha sido un alma de Dios, que pensaba en cosas como “ni modo de correrlo a las tres de la mañana, pobrecito, dónde va a dormir”. Y un buen día, la amante puso un ultimátum a mi padre: o ella o yo. Y Antonio, que creía estar enamorado, sin capacidad para discernir entre el deseo y el amor, hizo una maleta con unas cuantas cosas y se marchó. Dejó una carta estúpida en la mesa. Salió de la casa, no miró hacia atrás, ni nos dio un beso de despedida, ni soltó una lágrima al acariciarme el cabello. No, eso es una idea equivocada que te han inculcado las pinches telenovelas.

A mí no pareció afectarme todo eso al principio, porque cuando eres niño estás más ocupado en el fucho, en construir una casa en el árbol del baldío, en hacerte amigo de los perros callejeros, en soñar con juguetes relucientes, en saborear un caramelo. Pero conforme pasaron los días mi madre lloraba con mayor frecuencia, consciente de que la partida de Antonio no incluía un boleto de regreso. Y también, conforme pasaron los meses, mi jefa se volvió más neurótica y ansiosa, lo que se tradujo en menos paciencia con sus chamacos y más golpes porque no se ponían las pilas, ni trapeaban como se debía o rompían el espejo del ropero.

Mi madre no era una malvada, sólo estaba asustada, estresada por mantener a cuatro chamacos que le recordaban lo miserable que era vivir en cuartuchos rentados con baños compartidos por el vecindario. Y cómo no desesperarse, si el marido era tan feliz en otros brazos que le importaba un carajo si sus hijos tenían pastel de cumpleaños o necesitaban cuadernos nuevos.

Mientras crecíamos tuvimos pocas noticias de Antonio. Nunca fue un padre para nosotros, porque se concentró en serlo para otras niñas que no eran suyas. Luego nos enteramos que teníamos dos medios hermanos, a los que nunca he querido conocer. Y en años recientes supe que la mujer corrió a mi padre, cansada de sus borracheras. Pero el ya tenía otro plan de escape. Ya andaba con una mesera de la cantina que frecuentaba. Y se fue a vivir con ella. Y duraron poco. Y él se refugió en otra mesera menos joven y se curaban juntos las resacas. Y rentaron dos cuartos en una vecindad que me recordaba mi infancia. Eso lo supe por mi hermano, que fue a visitar a mi padre cuando convalecía de una operación sin importancia. Creo que Antonio sólo se ha dedicado a caminar en círculos, pretendiendo escapar de su escasa humanidad.

Todavía recuerdo cuando fuimos a Durango a visitar al tío Julián, que estaba desahuciado. La alegría que le dio vernos, después de tantos años: “No saben cómo le rogué a tu padre para que me los trajera o me los mandara. Yo sabía que mi hermano era bueno, que sí había cambiado”. A mí me hubiera gustado decirle a Julián que nosotros habíamos ido solos, que Antonio ni se molestó en llamarnos por teléfono. Pero no quise arruinarle esa pequeña alegría que él atribuía a su hermano. Quién era yo para amargarle las buenas noticias.

Reflexiono sobre todo esto porque anoche soñé que me avisaban que Antonio había fallecido. Y yo no soltaba lágrimas, ni le dedicaba oración alguna. Sólo colgaba el teléfono, miraba por la ventana y me entretenía mirando a mi vecina mientras paseaba a su perro. Si eso sucediera realmente, no acudiría al velorio. Eso lo tengo muy claro. Si acaso pediría que en su camino lo acompañaran mis ángeles caídos, porque mi ángel de la guarda está ocupado cubriendo turnos extras. Y no mandaré el pésame, ni una corona de flores. Y mis plegarias ya están reservadas. Será que no vestiré de luto, ni derramaré lágrimas falsas, porque soy un cretino y aún no lo he perdonado.

manualparacanallas@hotmail.com

Roberto G. Castañeda
El Universal
Jueves 13 de enero de 2011

© Manual para canallas

No hay comentarios:

Publicar un comentario