jueves, 8 de septiembre de 2011

La mejor distancia es la mayor

© Manual para canallas

Cuando coleccionas malos ratos y recibes mensajes como nubarrones, cuando te atosiga el mal humor, cuando cruzas los semáforos en rojo, cuando no dejas de caminar por la cuerda floja, cuando te atosiga el rencor, cuando tu optimismo está en quiebra, cuando tu sonrisa no maquilla las heridas... más vale empacar la almohada y perseguir otros sueños…

Cuando los poetas no son tus mejores consejeros, cuando te asesora un pájaro negro, cuando las canciones sólo hablan de abandonos, cuando no puedes despegar los pies del suelo, cuando hay apagones en tu luna de otoño, cuando se abren las costuras de tu muñeco vudú, cuando los besos sólo saben a licor y menta y sal... no habrá conjuro, ni terapias de pareja, ni noches enteras de placer obsceno que te convenzan de que estás en el lugar correcto. Cuando trabajar sea escapar de las rutinas, cuando construyas castillos con palillos de dientes, cuando ya no rescates princesas en Mario Bros, cuando una pesadilla sea tu mejor sueño, cuando colecciones cupones de descuento, cuando Mario Benedetti te parezca cursi, cuando ya no tararés las canciones de Manú Chao, cuando Facebook te parezca tan divertido como un diplomado en economía... estarás cerca de perder la cordura que guardaste para casos de emergencia...

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jueves, 1 de septiembre de 2011

Oraciones mirando al suelo

© Manual para canallas

Un trueno despertó a Jair y se sintió a la intemperie pese a estar en su cama. Las jaurías del dolor volvieron a rodearlo, le mordisquearon el pecho y el estómago, le masticaron el corazón. Y él no tuvo arrestos para defenderse, nada más se soltó a sollozar…

Aquel pequeño tiene demasiadas preguntas, infinidad de miedos, ejércitos de dudas que nadie podría contestarle. Todas las noches tarda en conciliar el sueño y se despierta varias veces en la madrugada, agobiado por el duelo. Su alma, su corazón, todos sus sentidos están de luto. Extraña a su padre y a veces se despierta esperando escuchar su voz. Pero no será así, nunca volverá a serlo. Su padre no volverá a regañarlo por reprobar matemáticas, ni le comprará los tenis favoritos, ni le volverá a acompañar al futbol. Ya no tendrá a ese entrenador particular que le orientará para hacer esa gran jugada que podría culminar en un gol en la portería rival. Ya no podrá pedirle consejos cuando se enamore de una mujer imposible, ya no tendrá a quién recurrir cuando se sienta desorientado. El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo ahora son una oración que adquirió otro sentido. Descanse en paz, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Y Jair reza todas las noches ante el desamparo, frente a la incertidumbre. Cómo chingados puedes decirle a un niño que “todo va a estar bien” cuando tú mismo sabes que la pinche vida ahora será un laberinto indescifrable, sin un guía que parecía saberlo todo. Será mejor encomendarse al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Carajo, nada es consuelo, ni los rezos, ni las palabras de aliento, ni siquiera el tiempo, mucho menos los abrazos tristes de la madre o la sonrisa gris de las hermanas. Cómo no llega un relámpago mágico que descomponga el reloj del tiempo y lo eche en reversa, sólo para volver a ver a su padre y decirle cuánto lo ama y advertirle que mejor no salga esa mañana. Pero eso no va a suceder, ni pasará jamás, así que Jair sólo se hundirá en un sueño ligero cada noche y despertará con cualquier ruido en las madrugadas, creyendo que es su padre el que se asoma desde la ventana para certificar que todo está bien, que no pasa nada, que él los protegerá mientras duermen. Y no, Jair no necesita nuestra lástima, ni algo de compasión o plegarias mirando al suelo. Él tan sólo precisa afecto, sentirse protegido en los días lluviosos, en las noches como truenos.

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jueves, 25 de agosto de 2011

Algunas veces me he extraviado

© Manual para canallas

Amanecí con resaca, un tanto distraído, chequé que mi cartera estuviera en su sitio y sentí un incómodo dolor en la cintura. Carajo, es lo malo de dormir sentado, que al otro día te sientes como si te hubieran apaleado…

Mi celular estaba muerto, así que recordé que yo mismo lo había apagado para ahorrar lo poco que quedaba de batería. Serían como las diez de la mañana y lo único que yo quería era salir de esa pinche cloaca. Había pasado la noche encerrado en el juzgado cívico por una pendejada... bueno, por varias. La primera: porque no quise tirar en la calle un vaso desechable que “olía a alcohol”. La segunda: porque un patrullero me detuvo con el argumento de que había estado bebiendo en la vía pública. La tercera: ¿quién chingados me manda salir del River Plate con medio trago en un vaso desechable? Y la cuarta: reclamar en el juzgado de Pino Suárez que no había flagrancia. Así que mientras un poli decía “ya déjenlo ir”, la juez en turno se manchó con el argumento de “me encanta que se pongan rejegos” y me confinó a una galera, no sin antes aplicarme la multa más alta. Un amigo mío, que fue testigo de los hechos, me diría después que la juez se molestó porque ella y sus compañeros de turno estaban “chupando y jugando cartas” en una oficina. A mí no me consta, así que no puedo asegurarlo, pero de que estaba enojada y se desquitó conmigo, eso sí fue cierto. Como también es verdad que yo fui irresponsable por beberme medio vaso de ron en la calle y andar cargando el vaso desechable aunque estuviera vacío. Estando allí encerrado comprendí que es muy fácil equivocar el rumbo, extraviarse en pendejadas, cometer tantos errores que te vuelves un experto en clasificar pretextos. Es la historia de mi vida: demasiado alcohol, un chingo de problemas, relaciones destruidas y exceso de adioses en la cajuela. Cuando no puedes dormir, como aquella madrugada, te sientes a la intemperie y el frío cala en los huesos. Pero cala más la vergüenza, ese sentimiento de saber que te has vuelto a equivocar, que no has remediado nada, que giras en una espiral y las náuseas son las mismas de hace años y que las de mañana. Maldita sea, pero no me vuelve a pasar, te dices mentalmente. Aquel domingo, luego de que dos grandes amigos pagaran la multa, ya todo nos pareció hasta divertido. Y dormí toda la tarde. Y cuando desperté sentí la espalda adolorida, el cuello un tanto torcido, pero el bálsamo fue una canción de Fito y Fitipadis: