
Un trueno despertó a Jair y se sintió a la intemperie pese a estar en su cama. Las jaurías del dolor volvieron a rodearlo, le mordisquearon el pecho y el estómago, le masticaron el corazón. Y él no tuvo arrestos para defenderse, nada más se soltó a sollozar…
Aquel pequeño tiene demasiadas preguntas, infinidad de miedos, ejércitos de dudas que nadie podría contestarle. Todas las noches tarda en conciliar el sueño y se despierta varias veces en la madrugada, agobiado por el duelo. Su alma, su corazón, todos sus sentidos están de luto. Extraña a su padre y a veces se despierta esperando escuchar su voz. Pero no será así, nunca volverá a serlo. Su padre no volverá a regañarlo por reprobar matemáticas, ni le comprará los tenis favoritos, ni le volverá a acompañar al futbol. Ya no tendrá a ese entrenador particular que le orientará para hacer esa gran jugada que podría culminar en un gol en la portería rival. Ya no podrá pedirle consejos cuando se enamore de una mujer imposible, ya no tendrá a quién recurrir cuando se sienta desorientado. El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo ahora son una oración que adquirió otro sentido. Descanse en paz, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Y Jair reza todas las noches ante el desamparo, frente a la incertidumbre. Cómo chingados puedes decirle a un niño que “todo va a estar bien” cuando tú mismo sabes que la pinche vida ahora será un laberinto indescifrable, sin un guía que parecía saberlo todo. Será mejor encomendarse al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Carajo, nada es consuelo, ni los rezos, ni las palabras de aliento, ni siquiera el tiempo, mucho menos los abrazos tristes de la madre o la sonrisa gris de las hermanas. Cómo no llega un relámpago mágico que descomponga el reloj del tiempo y lo eche en reversa, sólo para volver a ver a su padre y decirle cuánto lo ama y advertirle que mejor no salga esa mañana. Pero eso no va a suceder, ni pasará jamás, así que Jair sólo se hundirá en un sueño ligero cada noche y despertará con cualquier ruido en las madrugadas, creyendo que es su padre el que se asoma desde la ventana para certificar que todo está bien, que no pasa nada, que él los protegerá mientras duermen. Y no, Jair no necesita nuestra lástima, ni algo de compasión o plegarias mirando al suelo. Él tan sólo precisa afecto, sentirse protegido en los días lluviosos, en las noches como truenos.
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