Suena extraño, más bien poco común, pero los jueves amanezco más despeinado que cualquier otro día. “Pareces uno de esos científicos locos que salen en Canal Once”, me comentó Valeria alguna vez...
“Se llama Beakman”, le sonreí, “y en ese caso tú serías Lester, mi rata de laboratorio”.
Valeria se me aventó encima y rió divertida.
“¡Te digo que se te bota la canica!”,
ella se recostó en mi pecho mientras yo acomodaba mi cabeza en la almohada.
“Obvio que no me refiero a Beakman, porque él es muy divertido y tú no, tú estás amargado”,
siguió riéndose a mis costillas. Luego me besó con desenfado y me miró a los ojos antes de decir que
“respecto a lo de Lester, en todo caso soy tu conejillo de indias y no una rata de laboratorio”.
Hice un gesto de ¿me-lo-puedes-deletrear? Y Val me explicó a grandes rasgos:
“Sí, nunca habías andado con alguien tan joven como yo”,
hizo una pausa para besarme de nuevo,
“y no sabes bien a dónde llegará todo esto. No te comprometes, aunque tampoco lo tomas a la ligera, pero siento que vas experimentado sobre la marcha”.
Vaya, otra mujer complicada. Chiste local.
“Ahora eres tú a la que se le zafó un tornillo”, respondí.
Ella intentó ponerse seria:
“No, no te hagas el loquito, estoy hablando en serio. Tú estás improvisando conmigo, no sabes qué es lo que realmente quieres”.


