jueves, 12 de febrero de 2015

El desamor es un corazón de cristal

Manual para canallas - El desamor es un corazón de cristal

"El amor es un estado de ánimo en el Facebook. El amor es una canción de moda. El amor eres tú, es ella, es él, son todos esos globos brillantes que venden en cada esquina. El amor es un corazón de cristal hecho añicos".



El amor es un estado de confusión, un comercial de rebajas, un oso de peluche en el Sanborns, una nota suicida, un condón abandonado en la alfombra del hotel. El amor es una adolescente embarazada, un collar de fantasía, un joven colgado en su habitación, los hijos no deseados, un esposo en fuga o una madre soltera que trabaja doble turno. El amor no es otra cosa que un producto de nuestra necesidad: afecto, atención, cariño, compañía, sexo. Y cuando dejamos de tenerlo, el corazón se vuelve cristal resquebrajado. El amor es un estado de ánimo en el Facebook. El amor es una canción de moda. El amor eres tú, es ella, es él, son todos esos globos brillantes que venden en cada esquina de la ciudad. El amor es una epidemia comercial, una docena de rosas al doble de precio, una pareja de adolescentes que hacen planes para toda la vida. El amor es aquel jovencito que se arroja a las vías del Metro. El amor es su ex novia besando otros labios. El amor es un bebé abandonado en la alcantarilla. El amor es una mujer descuartizada al amanecer. El amor es un tipo que mata por celos. El amor es un jodido corazón de cristal hecho añicos.


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jueves, 5 de febrero de 2015

Morirse no tiene nada de romántico

Manual para canallas - Morirse no tiene nada de romántico

"La muerte no tiene tintes románticos ni gallardía alguna. Muchos moriremos como si nada, como aves cautivas que aparecen frías y tiesas cualquier mañana".


Mi muerte no tendrá tintes románticos ni gallardía alguna. Caeré como si nada, como un ave cautiva que aparece fría y tiesa cualquier mañana. Eso no tiene nada de romántico, desde luego. Por si las dudas, por si se cruza en mi camino un ladrón de poca monta o por si yo me cruzo en el camino de un conductor ebrio, ya tengo mi epitafio y una pequeña carta en vez de testamento. Tampoco es que pueda heredar gran cosa: mis libros son para mis hijos, los discos y videos para mis hermanos, mis fotos se las dan a mi madre. Y mis textos los pueden recopilar para que ardan junto con mi cuerpo. No quiero que se pongan cursis y coloquen una bandera del Barcelona ni mucho menos una playera del Cruz Azul en mi féretro. Sólo quiero que me deseen buen viaje a dónde quiera que sea mi destino. Mis tres o cuatro amigos se emborracharán y escucharán a Sabina o Fabulosos Cadillacs o Soda Stereo o Caifanes mientras recuerdan que yo era un tipo algo extraño, leal, pero algo extraño. Como sea, ya empiezo a desvariar. Decía que mi muerte será ordinaria y no tendrá tintes épicos, como en algunos de mis sueños. Y mucho menos como la imaginaba cuando era un chiquillo.

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jueves, 29 de enero de 2015

Jarabe para curar la nostalgia

Manual para canallas - Jarabe para curar la nostalgia

“Mi infancia era un tendedero, un balón desinflado y una pista de carreras dibujada con tiza en el patio. Mi infancia bendita me aconsejaba travesuras y también ne decía 'date a la fuga' antes de que tu madre te alcance".


La casa de mi infancia ha sido demolida. No sé por qué me preocupa si ni siquiera era mía. Allí vivíamos, ahí pasé algunos años mirando por la ventana, sentado en el quicio de la puerta esperando ver a mi madre dando la vuelta en la esquina como si temiera que la cobardía le atacara por un flanco y la convenciera de que era mejor abandonarnos. La casa de mi infancia, una de las varias en que habité, ya no está en pie. Ese pequeño sitio con un cuarto, una sala-comedor-cocina y un baño insalubre ya fue derruida. En su lugar ahora está un edificio de departamentos algo modernos, demasiado ascépticos. Pasaba por allí el otro día que fui a visitar a unos primos y me di cuenta que el viejo barrio en el que crecí hoy sólo es un álbum de recuerdos. Cambió la escenografía, crecieron los niños, murieron los ancianos y aquellos perros callejeros que eran mis amigos tiraron sus huesos en algún baldío o simplemente desaparecieron en algún basurero. Sí, aquel viejo barrio ya perdió sus costumbres y hoy sólo es un montón de calles y departamentos y plazas comerciales y autos que atropellan a los gatos despistados. Ya no hay terrenos baldíos para improvisar unas porterías y patear un balón. Tampoco está la tienda de doña Lupita, mucho menos la ventanita aquella en la que vendían congeladas de a varo. Debo suponer, porque no me consta, que mis amigos de la niñez ya se han marchado a otros barrios. El Pecas, Verónica, El Monaguillo, Lola, El Popochas y tantos cuatachos que conocí en aquellos días sepa Dios dónde andarán, si serán felices, si me recordarán de vez en cuando.