En los bares pasan las cosas más sorprendentes. Lo mismo llega alguien a contarte que es especialista en abrir cajas fuertes, que alguna mujer ebria que te dice que alguna vez fue tan hermosa que anduvo con un millonario...
Claro, no faltan los truhanes que te cuentan las cosas más estúpidas con tal de gorrearte un trago. En una de esas tardes rutinarias, en las que sólo habíamos algunos clientes asiduos, entró un sujeto que irradiaba seguridad, con pelo envaselinado y su portafolio metálico. Miró a su alrededor, me observó unos segundos y fue a sentarse a mi lado. “Buenas tardes”, dijo con amabilidad exagerada. Sólo le saludé con un movimiento de cabeza. Apuesto a que es un vendedor de seguros, reflexioné. Pidió un martini. No mames, a los bares de tercera no se va a beber martinis. Ni que fuera el pinche James Bond en una misión ultrasecreta. Enseguida sacó la cartera y pidió al barman que le cobrara. Se sintió observado y volteó a verme. “Es que tengo la cábala de pagar siempre el primer trago, porque si no me hace daño”, sonrió con una de esas sonrisas que he visto en las películas de estafadores. Ya de cerca me di cuenta que su traje era viejo, que su camisa estaba un poco raída del cuello y que lo único reluciente era su portafolios de aluminio. “¿Y usted a qué se dedica, amigo?”, me cuestionó. “Soy mago”, pero los jueves no trabajo, aclaré. “Ah, que interesante, fíjese que mi abuelo era mago”. Si le hubiera comentado que yo era hombre bala, seguro que hubiera dicho “de niño yo soñaba con trabajar en un circo” o algo así. “¿Y cuál es su mejor truco?”, al parecer no se dio cuenta de que no deseaba charlar con él. “El escapismo”, hice una mueca de fastidio. “Jajajaja”, se rió en mi jeta, “ni que fuera El Chapo Guzmán”.
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