jueves, 21 de enero de 2016

Juventudes demasiado fantasmas

Manual para canallas - Juventudes demasiado fantasmas

Es triste pero cierto. Nuestros jóvenes se están desvaneciendo, como fantasmas, como si se extraviaran en la nada. Mientras nadie mueve un dedo, mientras nos carcome la tragedia cotidiana...


Un iPod, el que sea. Y una foto de mi padre. Eso le pidió Marilú a los Reyes Magos. Sí, eso fue lo que le contestó la chavita a su madre antes del 6 de enero. La mamá de Marilú llegó contenta del trabajo, acaso porque le habían dado su magro aguinaldo, tal vez porque el supervisor le había coqueteado en el brindis de fin de año. La señora era aún joven, con un cuerpo todavía curvilíneo y trasero atractivo, con las ansias de las mujeres que han estado demasiado tiempo solas. Como sea, la doña regresó menos estresada que de costumbre y bromeó con su hija: “¿Qué le vas a pedir a los Reyes?”, preguntó mientras daba un sorbo al vaso de Coca-Cola. “¡Mamá, ya no tengo 12 años!”, replicó la muchachita. “Uy, perdón, no había notado que ya eras adulta”, se río, “qué madura, qué amargada”. La chica hizo un mohín caprichoso y atenuó “en serio, Fabiola, no manches”. Entonces, a sus 37 años, la mujer volvió a ser la madre preocupada de siempre: “¿No manches? No me hables así, que soy tu madre. Trato de ser amable contigo y te pones de chocosa”. Marilú giró la cabeza en señal de aquí-vamos-otra-vez. “En serio, hija, relájate un poquito”, le sonrió, “ándale, dime qué quieres de Reyes. Igual y se te hace”. Regresó la mirada Marilú. Ok. Pensó, sin esforzare mucho, y contestó: “Un iPod, el que sea. Y una foto de mi padre”, aunque ella sabía que su madre siempre evitaba el tema del papá, no porque Fabiola no supiera quién era sino porque él tomó la decisión de desaparecer de sus vidas cuando apenas había nacido María Luisa. “¿No le gustó que fuera mujer, verdad?”, le había preguntado algún familiar. No, no era así. Aunque había prometido que se haría cargo, a la hora buena él se desapareció con el pretexto de que “tengo familia en Estados Unidos y en cuanto encuentre chamba les mando dinero y luego vengo por ustedes”. Pasaron uno, nueve, treintaytantos años y no volvieron a saber de él. Un primo suyo le hizo saber a Fabiola que el escapista ya se había casado en el gabacho y que tenía dos hijas. Pero eso es harina de otro costal. “Ok, me parece bien”, reflexionó Fabiola, “vas a ver que los Reyes te van a traer lo que quieres, hija”. Y cambiaron de tema, mientras la señora calentaba más tortillas para la cena.


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jueves, 10 de diciembre de 2015

Canciones fúnebres para el invierno


Manual para canallas - Canciones fúnebres para el invierno

Sí, hay una muerte con sus manos tétricas tocando una marcha fúnebre y merodeando por mi calle, por tu barrio, por cada esquina. Suena trágico, pero es la realidad de este país en ruinas y en este invierno que congela el alma...


Como tú, como mucha gente, crecí en una colonia popular donde había tienditas en las que encontrabas todo lo que necesitaras: un fusible, medio kilo de azúcar, veladoras, curitas, focos, agujas, orégano, aspirinas y hasta las cosas más impensables. No, allí no había Oxxos ni nada parecido, sólo un localito que siempre atendía una señora enojona o su esposo bonachón. Desde luego que por las calles de mi barrio pasaban toda clase de marchantes: el triciclo del pan, la camioneta de las naranjas, el afilador, el carrito de camotes con su silbido ruidoso, la tambora y la marimba. Y desde luego, no faltaba el clásico “tamaaaaaleeees oaxaqueños, ricos y deliciosos tamaaaaleees oaxaqueños”. Cuando éramos unos críos, por supuesto, nos emocionábamos siguiendo la vagoneta de los helados con su melodía alegórica. Y cuando nos portábamos mal, nuestras madres nos aplacaban con la amenaza de “te voy a vender con el ropavejero y no me vuelves a ver”. Y el ropavejero siempre era un tipo barbón, con su gorrita ridícula y una carreta tirada por una mula.


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jueves, 3 de diciembre de 2015

Hojalatería y pintura para el alma


Manual para canallas - Hojalatería y pintura para el alma

A últimas fechas me siento extraño, un tanto huraño, como si mis voces internas me aconsejaran guardar silencio. Tal vez no sea el único tipo confundido en este mar de gente, en estos oleajes de ruido incesante...

No sólo estoy confundido. Además, siempre me están confundiendo. Como el otro día que fui a una reunión que no estaba tan divertida. Una que otra chava guapa por allá. Un par de amigos y alguno que otro wey conocido. La música era pasable, algo de Los Cadillacs, The Cure y hasta Sabina. De buenas a primeras una vieja se acercó a platicar conmigo, supongo que un tanto a la deriva. Me dijo su nombre, pero lo olvidé de inmediato. “Sabes, tengo la impresión de que te he visto en otro lado”, comentó pero en realidad me estaba confundiendo con alguien más. Después de un rato ya se sintió con la confianza necesaria para preguntarme lo que se le diera la gana.