Siempre pasa y no dejará de suceder: los desquiciados como tú, como yo, terminamos con la cabeza tiznada de telarañas, con caricias de papel carbón, bebiendo gota a gota el arsénico del rencor...
Tuve un amigo imaginario, que usaba tenis rotos y corría con un rehilete en la mano. Yo era un chamaquito tímido. Y él no era buena influencia, desde luego. Se llamaba Matías, so decía él. Y siempre me aconsejaba tonterías: “échale sal al café de tu tío”, sugería. “Haz una hoguera y quema las Barbies de tus hermanas”, aunque en eso no le hice caso. O cosas como “entiérrale el lápiz en la cabeza a Jaimito, que te cae tan gordo” y allí iba yo de obediente. Pues este amigo invisible que tuve durante varios años era muy persistente, siempre me ponía a pensar en cosas descabelladas: “¿Qué pasaría si dejas la llave de la estufa abierta y luego prendes un cerillo?, ¿qué tal si le quitas su bicicleta a ese niño y huyes en ella?, ¿y si te avientas por la ventana, caerías de pie como los gatos?”. Matías era muy inquieto. Yo creo que por eso le faltaban dos dedos de la mano izquierda. Primero me dijo que de donde venía a todos les faltaban esos dedos. Luego inventó que se los había volado con un cohete que aparentemente se cebó. Y también explicaba que se los había cortado al saltar una barda con vidrios. Finalmente dejé de preguntarle, pero supuse que eso le había pasado por desmadroso. Como sea, este amigo imaginario mío se fue un día de invierno, supongo que se cansó de que yo fuera un mal compañero o que no hiciera caso a todos sus terribles consejos. Ni siquiera sé por qué lo sigo recordando. Será porque Matías era mi mejor amigo o al menos el que más me entendía. Bueno, tampoco es que yo fuera muy popular en la escuela o en el barrio. Quiero suponer que mis lentes de pasta no ayudaban mucho. Y bueno, además yo era de esos chavales extraños que decían cosas como “vamos a jugar a los piratas y yo elijo ser Barbanegra” o “hay que construir una casa en el árbol y fundar el club de la mano siniestra”. Y la mayoría votaba por “juguemos una cascarita” y terminábamos pateando una pelota. Como siempre me ponían de portero, al quinto o sexto gol me aburría y me despedía con el típico “¿tienen tele? Ahí se ven”. Y me iba a construir mundos imaginarios, a trazar mapas del tesoro, a leer historias de corsarios con amores en cada puerto. Yo creo que por eso tenía un amigo imaginario, porque veía demasiadas películas o me refugiaba en las historietas y los libros. Sí, yo creo que por eso se me zafaba un tornillo con frecuencia, por eso siempre fui algo lunático y me sentía diferente al resto de mi generación. Desde entonces, aunque ya no tengo amigos imaginarios, sigo hablando a solas y me considero algo huraño. Sí, soy un lunático, un deschavetado, un delirante al abordaje, aquel capitán que en sus desvaríos aún busca la tierra firme de unos senos femeninos. Sí, soy el navegante de este galeón fantasmal que iza la bandera de las causas perdidas.
>>>


