Los que se refugian entre los silencios, los que reacomodan con paciencia su propio rompecabezas, siempre tendrán tiempo de sobra para extrañarte...
Aquel día amanecí más despeinado que de costumbre, tanto que parecía sábado en pleno jueves. Fui al baño, miré mis ojeras en el espejo, me lavé los dientes y maldije que ya no hubiera enjuague bucal. Regresé a la cama, dispuesto a dormir hasta mediodía. El trabajo no me preocupaba, porque adelanté mis vacaciones. Y todo porque mi bipolaridad se salió de sus casillas. Una buena tarde me descubrí desorientado, extrañando de más a alguien que no valía la pena, preguntándome qué había hecho mal para que me cambiaran por un pendejo. La respuesta la encontré pronto: cometer demasiados errores. El primero de ellos: creer que estaba enamorado. El segundo: confiar demasiado en la gente. El tercero: Ser un cretino la mayor parte del tiempo. El cuarto error: creerme aquello de “ella no me engañaría”. Y la lista se volvería interminable, pero todo se reduce a que al final terminé con la autoestima destruida. Así sucede cuando te cambian por alguien más feo, más culero o menos inteligente, más ordinario o menos decente, más estúpido o quizá más divertido. Vete tú a saber. Los años han ocultado las suturas, así que ahora miro atrás y llego a la conclusión de que hay olvidos que es mejor sepultar en el archivo muerto. Y Los Rodríguez tienen muchos tributos a los adioses definitivos:
"Es demasiado tarde para arrepentirse, mujer.
Es demasiado tarde para nosotros dos.
Cuando el tequila se termine en algunas cosas dejaré de confiar.
Pero fue demasiado tarde,
pero fue demasiado tarde.
Es demasiado tarde para mentirse, mi amigo.
Es demasiado tarde para cambiar el destino.
No tengo nada que decir, ni dónde ir, ni ganas de dormir”.


