Tengo en la memoria los pretextos más comunes de las mujeres que aprendieron a olvidarme. Y también un inventario de caricias que dejaron antes de marcharse.
Aquella tarde presagiaba caos. El ruido urbano acentuaba el estrés. Un chavito me miró por la ventana del microbús y me sacó la lengua. Preferí ignorarlo y saqué un cigarrillo para fumarme la desilusión en esa esquina. Comenzaba a oscurecer, la gente regresaba cansada a casa, mientras yo era un desfile de dudas en aquella acera que hasta me parecía extraña. Maribel acababa de largarse, dejándome a merced de mil demonios que me carcomían el chingado corazón y el alma. “Discúlpame. No eres tú, soy yo”, me había dicho antes. Carajo, se agigantaba mi confusión mientras yo miraba sus ojos esquivos, como si ella temiera que descubriera algo. “Es que creo que no está funcionando, bueno, no sé, deveras no sé qué hacer, mmm, bueno el caso es que no creo que debamos seguir juntos”, más o menos esa fue toda su explicación. Lo que más odié fue su argumento de “no eres tú, soy yo”. Me cai que me hubiera gustado tener la entereza para soltarle algo como “claro que eres tú, porque yo no soy el idiota”. Sin embargo me ganó la caballerosidad, sin saber a ciencia cierta qué carajos decir sin sonar ofensivo. “Perdóname”, soltó ella mientras intentaba tocarme la mejilla. Y yo solamente giré la cabeza para evitar el contacto físico. Luego se marchó sin mirar atrás. Me quedé recargado en la pared, intentando ordenar mis ideas, queriendo que aquello no estuviera sucediendo, pero ya era tarde hasta para preguntarme cosas como “¿qué diablos hice mal?”. En ese momento sólo parecía haber dos opciones: Seguirla en busca de recomponer la relación. O regresar por donde llegué, camino al purgatorio de mi cuarto. Un grafiti en la barda era el señalamiento a seguir. Y yo que siempre he sido demasiado orgulloso, caminé de vuelta y fui a encerrarme en mi búnker con la esperanza de que el bombardeo de dudas no fuera muy intenso. La pinche historia de mi vida. Yo a Maribel la quería mucho, o al menos eso pensaba. Bueno, la quería tanto como se puede querer a alguien cuando acabas de entrar a la prepa. Obviamente ella me dejó para andar con otro tipo menos común que yo, seguramente. Y yo martirizándome, analizando día y noche, qué chingados había hecho mal. Era demasiado joven y estúpido para comprender que las mujeres son expertas en construir laberintos de pretextos….