jueves, 16 de marzo de 2017

Flacos como el sueldo de sus padres

Manual para canallas - Flacos como el sueldo de sus padres


Los chicos de mi cuadra serán los desempleados de mañana, los futuros padres de otros chavales más desgraciados. Los chavos de mi barrio tienen el odio tatuado en la mirada...



Han crecido entre crisis, comiendo huevo tres veces a la semana, y sintiéndose agobiados hasta en su propia casa. Por ello se la viven en la calle y buscan aliados entre sus iguales. Los chavos de mi barrio parecen cuidar su poco territorio. Ellos han perdido las sonrisas, también las esperanzas en el futuro, y sobre todo han extraviado el coraje en algún lado. No todos, claro está, pero son escasos los que aún guardan algún destello en la mirada.


Los chicos de mi calle rezuman apatía, transpiran odio a todas horas, reflejan la ansiedad de los que no saben a dónde ir y también exhalan un vaho fermentado en resacas. Yo los miro con curiosidad y ellos me regresan rayos y centellas que pueden ser interpretados como “qué chingados estás mirando”.


jueves, 9 de marzo de 2017

El desamor es un calendario sin domingos

Manual para canallas - El desamor es un calendario sin domingos


Mis pantalones de mezclilla son demasiado viejos, carezco de amuleto de la fortuna, viajo en Metro y nada me preocupa más que despertar cualquier día con tu ausencia a este lado de la cama...


A mí nunca me han gustado las canciones ordinarias, ni las baladas demasiado comunes o los “cantautores” pretenciosos. Prefiero un poema silencioso que un estribillo chocante. Por eso me resisto a las rimas simples, a los lugares comunes. 

Lo saben quienes me conocen y las mujeres que se han ido, tarde o temprano. Nunca he sido bueno para escribir canciones que rebosen optimismo. Bueno, ni siquiera para escribir canciones. Así que no es extraño que sólo les gusten a mis amigos. O que al menos finjan que les parecen buenas. 

A veces escribo cosas como ésta: 

“Tus abrazos domestican a mis bestias internas,
pero tus labios desatan la jauría de mis delirios. 
Soy un tipo ordinario, algo maniático,
que se desespera en la fila del supermercado
y se siente incompleto si no llega a tiempo a algún lado”.

jueves, 2 de marzo de 2017

Mil demonios nos carcomen el alma

Manual para canallas - Mil demonios nos carcomen el alma

Tengo en la memoria los pretextos más comunes de las mujeres que aprendieron a olvidarme. Y también un inventario de caricias que dejaron antes de marcharse.


Aquella tarde presagiaba caos. El ruido urbano acentuaba el estrés. Un chavito me miró por la ventana del microbús y me sacó la lengua. Preferí ignorarlo y saqué un cigarrillo para fumarme la desilusión en esa esquina. Comenzaba a oscurecer, la gente regresaba cansada a casa, mientras yo era un desfile de dudas en aquella acera que hasta me parecía extraña. Maribel acababa de largarse, dejándome a merced de mil demonios que me carcomían el chingado corazón y el alma. “Discúlpame. No eres tú, soy yo”, me había dicho antes. Carajo, se agigantaba mi confusión mientras yo miraba sus ojos esquivos, como si ella temiera que descubriera algo. “Es que creo que no está funcionando, bueno, no sé, deveras no sé qué hacer, mmm, bueno el caso es que no creo que debamos seguir juntos”, más o menos esa fue toda su explicación. Lo que más odié fue su argumento de “no eres tú, soy yo”. Me cai que me hubiera gustado tener la entereza para soltarle algo como “claro que eres tú, porque yo no soy el idiota”. Sin embargo me ganó la caballerosidad, sin saber a ciencia cierta qué carajos decir sin sonar ofensivo. “Perdóname”, soltó ella mientras intentaba tocarme la mejilla. Y yo solamente giré la cabeza para evitar el contacto físico. Luego se marchó sin mirar atrás. Me quedé recargado en la pared, intentando ordenar mis ideas, queriendo que aquello no estuviera sucediendo, pero ya era tarde hasta para preguntarme cosas como “¿qué diablos hice mal?”. En ese momento sólo parecía haber dos opciones: Seguirla en busca de recomponer la relación. O regresar por donde llegué, camino al purgatorio de mi cuarto. Un grafiti en la barda era el señalamiento a seguir. Y yo que siempre he sido demasiado orgulloso, caminé de vuelta y fui a encerrarme en mi búnker con la esperanza de que el bombardeo de dudas no fuera muy intenso. La pinche historia de mi vida. Yo a Maribel la quería mucho, o al menos eso pensaba. Bueno, la quería tanto como se puede querer a alguien cuando acabas de entrar a la prepa. Obviamente ella me dejó para andar con otro tipo menos común que yo, seguramente. Y yo martirizándome, analizando día y noche, qué chingados había hecho mal. Era demasiado joven y estúpido para comprender que las mujeres son expertas en construir laberintos de pretextos….