“Los hombres como tú no duran mucho solos. Necesitan el conflicto para sentirse vivos”. Así fue como Mariana me advirtió que no tardaría en buscarla. En otras palabras, me llamó “codependiente”…
Supongo que tenía razón. En aquella época yo era un idiota. Bueno, en realidad lo sigo siendo aunque ahora lo disimulo bastante bien. Bueno, en esos años yo era de los que se iban y dejaban la puerta emparejada. O lo que es lo mismo, salía de una relación y tardaba en “dejarla ir”. Así que era de esos que a las dos de la mañana le llamaba a su ex vieja sólo para decirle que justo pensaba en ella. Mariana se hacía la difícil unos instantes y luego se despedía con “a ver qué día de estos nos vemos”. Pinche alcohol, es el diablo, pensaba yo al otro día y con la resaca encima. Malditas justificaciones para mis estupideces. Y no, afortunadamente no regresé con Mariana, pero seguido la llamaba con cualquier pretexto. Lo único que hacía era estar merodeando para saber si ya salía con alguien, si me había olvidado, si la puerta seguía emparejada. Ya lo dije antes: yo era un idiota. Y eso sólo se cura con el tiempo, aunque no en todos los casos. Tuve que conocer a otras chicas, enamorarme de nuevo, deprimirme por algún engaño, doblarme del dolor y besar el suelo, para luego amanecer con la peor resaca y darme cuenta de que sólo tenía dos opciones: O me dejaba de pendejadas o simplemente me dedicaba a caminar en círculos. Desde entonces dejé de llamarle a mis ex novias, me prometí no empeñar el corazón en una relación y, lo que es mejor, me curé de esa pinche costumbre tan mexicana de ser codependiente. Mi madre fue codependiente, al igual que mis hermanas, alguna prima, la tía abandonada, mi tío que lleva tres divorcios y hasta la mascota de mi primo Lalo.
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