jueves, 10 de noviembre de 2011

Todas las mentiras que he contado

© Manual para canallas

Hay gente hábil para tejer sombreros de palma. También conozco tipos que arman rompecabezas en tiempo récord. Y están las amas de casa que hacen milagros con 100 pesos diarios. O estudiantes que resuelven teoremas que a mí me resultan indescifrables…

Hay personas que nacieron con algún talento: el chico que toca la guitarra como si fuera una extensión de sí mismo; la chava que canta como si en ello se le fuera el alma; el señor que arregla un coche sin que le sobren piezas; el obrero que supera en conocimiento al ingeniero; aquel maestro que domina cuatro idiomas o el chaval que juega futbol mejor que en el PlayStation; y la señora que cocina con un sazón superior al de la abuela; el niño que se sabe de memoria la capital de todos los países. Y yo sólo tengo una habilidad, que además he perdido con el paso de los años: mentir todo el tiempo.

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jueves, 3 de noviembre de 2011

Yo que tanto te he soñado

© Manual para canallas

¿Alguna vez has soñado realidades? Sí, uno de esos sueños tan palpables, tan verdaderos que percibes cada sensación, el dolor o el llanto, y luego te despiertas con agitación y sobresalto. Y es tan real que cuando abres los ojos respiras aliviado y piensas “no manches, que bueno que sólo fue un sueño”…

A mí me pasa muy seguido, más de lo que me gustaría, para ser sinceros. A veces sueño con mi madre, que se aleja con sus pasos cansados y me da la espalda mientras lloro sentado en el traspatio de la casa de mi infancia. Y en cuanto despierto, apesadumbrado, corro a llamarle por teléfono a mi jefa y me reconforta escuchar sus bendiciones o su clásico “¿estás bien, hijo?, porque apenas te soñé”. Otras veces sueño que voy corriendo, piso en falso y caigo al vacío, pero lo más cagado es que dormido hasta brinco y me aterra el vértigo de la caída. Lo más gacho es cuando sueño que me persiguen y me acuchillan, porque percibo con terrible angustia el dolor del arma al entrar en mi abdomen. Y es entonces que abro los ojos para suspirar el infaltable “no mames, sólo fue un mal sueño”.

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jueves, 27 de octubre de 2011

Los nombres que nos ponen a los locos

© Manual para canallas

Cuando has crecido entre goteras y perros callejeros, asustado por los relámpagos o con tristeza porque tu madre sollozaba en las madrugadas, no puedes creer en imbéciles que cantan baladas, como tampoco confiar en superhéroes…

Será por eso que creo más en los poetas que en las canciones de la radio. Será por eso que mi corazón está en deuda con tipos que fueron perseguidos, exiliados o abatidos debido a sus ideales. Será por eso que, huérfano de padre, elegí un ejército de tutores fantásticos y elocuentes, sensibles y feroces, brillantes y modestos, como Antonio Machado, Mario Benedetti, García Lorca, Ernesto Cardenal, Efraín Huerta y, desde luego, Roque Dalton. Y gracias a ellos es que no temo a la locura, ni rehúyo a la gracia de vivir cada día como si firmara la carta de un suicida. Y es por ellos que encuentro placer en las cosas menos comunes y en las más simples. Gracias a sus enseñanzas es que cedo el asiento a las ancianas en el Metrobús o reclamo a los imbéciles que dicen guarradas a las mujeres. Por la poesía es que esta bendita locura me va como anillo al dedo. Porque la poesía es sentarte a comer galletas saladas en la cornisa de un edificio, es leer a Jaime Sabines en brazos de una mujer desnuda, es educar a tus hijos para que sean más audaces que tú, es hacer el amor como si te asesorara un demonio, es acariciar a una mujer como si algún dios te aconsejara, es lanzarte al vacío sin paracaídas, es coleccionar desamores como un taxidermista, es marcar en el calendario los adioses sin retorno. Sí, la poesía es el mejor arsenal contra las rutinas, es el brebaje que contrarrestará el aburrimiento en los días grises, las tardes ruines, las madrugadas en vela. Porque la poesía es Roque Dalton, el padre que nunca tuve, el maestro que me enseñó el arte de las pequeñas cosas:

“A los locos no nos quedan bien los nombres.

Los demás seres llevan sus nombres
como vestidos nuevos,
los balbucean al fundar amigos,
los hacen imprimir en tarjetitas blancas
que luego van de mano en mano
con la alegría de las cosas simples.

¡Y qué alegría muestran los Alfredos, los Antonios,
los pobres Juanes y los taciturnos Sergios,
los Alejandros con olor a mar!

Pero los locos, ay señor,
los locos que de tanto olvidar nos asfixiamos,
los pobres locos que hasta la risa confundimos
y a quienes la alegría se nos llena de lágrimas,
¿cómo vamos a andar con los nombres a rastras?,
cuidándolos, puliéndolos como mínimos animales de plata...

Los locos no podemos anhelar que nos nombren
pero también lo olvidaremos”.

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