En un mundo ideal, no seríamos esclavos del tiempo ni del odio. No tendríamos deudas con el pasado, ni rencores para el futuro o sueños llenos de sobresaltos...
¿No te pasa que a veces sueñas como si algún demonio te roncara junto al oído? ¿No te ha sucedido que sudas mientras duermes y despiertas sobresaltado? A mí me pasa con frecuencia. Hay días que soy esclavo de las rutinas, de mis ansiedades. Y no me muerdo las uñas, pero tengo sueños poblados de sobresaltos. Últimamente he soñado con mis muertes. Las que llevo a cuestas: la muerte de mi abuelo, las flores en el velorio de la abuela, el fallecimiento del marido de mi madre, la tumba que le asigné a mi padre hace tanto tiempo, aquella lápida que le quedamos a deber a mi hermanita. Todas las muertes se me juntaron en mis sueños. Y mis lágrimas no alcanzaron. Aún siguen sin alcanzar estas lágrimas que no solté en su momento. Soñé mi propia muerte y no fue agradable. Soñé que sólo era un sueño. Y desperté angustiado, con ese súbito golpe de crueldad que te abofetea cuando sabes perfectamente que tienes deudas pendientes. Yo que no he sido un buen hijo, ni un padre ejemplar, mucho menos un gran hermano. Yo tan cretino lloré mi propia muerte en sueños, como si mereciera algo de piedad, como si hubiera sembrado algo bueno. Aún traigo ese marcapasos anidado en el corazón, aferrado con sus garras a mi pecho, como queriendo gritar algo, como si anunciara una tragedia. Sí, la angustia, el sobresalto, es un jodido marcapasos.


