jueves, 30 de diciembre de 2010

El año de los indeseables

jefe_diego_rata

Jaime Sabines no deliraba cuando decía: “Me encanta Dios. Es un viejo magnífico que no se toma en serio. A él le gusta jugar y juega, y a veces se le pasa la mano y nos rompe una pierna o nos aplasta definitivamente. Pero esto sucede porque es un poco cegatón y bastante torpe con las manos”.

Y sí, a mí también me encanta Dios. “Por eso es el preferido de mis padres, el escogido de mis hijos, el más cercano de mis hermanos, la mujer más amada, el perrito y la pulga, la piedra más antigua, el pétalo más tierno, el aroma más dulce, la noche insondable, el borboteo de luz, el manantial que soy. A mí me gusta, a mí me encanta Dios. Que Dios bendiga a Dios”. Pero a qué viene todo esto. A que el 2010 fue una catástrofe, una sucesión de caos y de pequeñas desgracias. Y aún así no nos daremos por vencidos.

>>>

A mí me vale madres no coincidir con el calendario chino, así que considero que este fue el año de la rata. Y no, no lo veo así por una cuestión mística o un análisis profundo. Es de hecho algo muy vulgar. Y no me avergüenza aceptarlo, que soy un vulgar hijo de vecino. Pero estaba en que este año fue el de la rata, sí, de cloaca. Yo no sé de cifras, si se duplicaron o triplicaron los delitos, pero de que todos fuimos víctimas de una rata, seguro que lo fuimos. A ti, como a mí, nos chingaron el celular al menos una vez. A tu primo lo asaltaron afuera del cajero automático. A tu amiga le arrebataron la bolsa en una calle cualquiera. A tu jefe le bajaron la quincena en el pesero. A tu hermana y a su novio los secuestraron un buen rato en un taxi pirata. Y a ti te atracaron a la voz de “ya te chingaste y no te pongas pendejo(a) porque te carga la chingada”. Y a veces hasta se ahorran la saliva, como aquel taxista culero que se orilla para arrebatarle la bolsa a las señoras y luego se da a la fuga sin mirar siquiera si la llanta pasó por encima de un brazo o una pierna. Pero en los discursos anuales los políticos presumen que el índice de violencia está controlado, porque ahora no se adornan con “ha bajado” sino que se escudan en el “está controlado”. Yo por eso digo que este fue el año de la rata. Y obviamente incluyo también a los funcionarios, a los gobernantes, a los políticos que saquean el presupuesto y se compran departamentos en las mejores zonas de la ciudad. Lo peor es que el 2011 no pinta muy distinto y no sé que diga el calendario chino. A lo mejor es el año del puerco. Aunque este país ya es cochinero. Y de nada sirve ser un hombre bueno, una mejor persona, cuando estás a merced de los impuestos, los pésimos servicios, las altas tarifas de Telcel, los intereses sobre intereses de Banamex y HSBC, los despidos sin liquidación, los patrones que no respetan tu contrato, las mafias en el poder, los asesinos, los narcos, los prestanombres, los estafadores, los curas pederastas, los dipuhooligans... a merced de la miseria y de los miserables que se enriquecen hasta con nuestros suspiros.

>>>

Yo por eso me persigno dos veces antes de dormir, una al levantarme y tres antes de salir de casa. No vaya a ser el diablo, que un buen día amanece con mi silueta en sus obsesiones y para qué les cuento. Mejor contar con blindaje extra, aunque sólo sea la bendición de tu madre o de la abuela. Aunque debo aclarar que tampoco he sido del todo bueno. También fui indeseable a ratos, un mal amigo, acaso un pésimo hermano, quizá egoísta con los que me quieren, hasta odioso con los que no me soportan, algo amargado, tal vez poco solidario, pero nunca de los nuncas he dañado a alguien con la intención malsana de hacerlo. No sé si mejoraré o empeoraré el próximo año, pero ahora me siento en armonía con lo que me rodea, y he encontrado la mirada tierna, los besos sinceros, los abrazos más honestos que me harán sentir menos vulnerable ante los nubarrones negros y frente a los despreciables. Y por si las dudas, simpatizaré más con Dios y me persignaré con mayor frecuencia. Y Jaime Sabines seguirá como mi poeta de cabecera.

manualparacanallas@hotmail.com

Roberto G. Castañeda
El Universal
Jueves 30 de diciembre de 2010

 

jueves, 23 de diciembre de 2010

Santaclós viaja en microbús

santa_parada_bus

“¿Te imaginas cómo han de soñar los ciegos?”, me preguntó Daniela como si de la respuesta dependiera su existencia. “Supongo que en blanco y negro”, dije a la ligera así que de inmediato caí en cuenta de que era una babosada

“A lo mejor sus sueños son en tecnicolor”, añadió ella, “y sus pesadillas como relámpagos en la oscuridad”. Bebí un gran trago de ron-coca, encendí un cigarrillo y recordé que a últimas fechas mis pesadillas están pobladas de paisajes desérticos. Será porque mi vida es rutinaria, porque mi saldo bancario está en blanco o porque hace como un mes que no tengo relaciones sexuales y de hacer el amor mejor ni hablamos. Daniela es la anfitriona en esta reunión de ex compañeros de la universidad y debo aceptar que me gusta mucho, pero ella está enamorada de Fabiola, que es editora en una revista de modas. Aunque nos vemos con frecuencia, nos hemos convertido en unos extraños. “Has cambiando mucho, te noto demasiado serio”, me saca de mis cavilaciones Daniela. Me gustaría decirle que estoy allí porque mi departamento ya apesta a todas las ausencias, pero sólo sonrío y le digo que “me siento un poco cansado, porque he tenido una semana espantosa”. Ella sugiere que me relaje, pero desde que llegué no deja de hacerme preguntas medio raras, que lo único que hacen es despertar mi paranoia o mi esquizofrenia o simplemente mis pensamientos oscuros. Carajo y yo que sólo venía a echarme unos cuantos tragos, escuchando quizá a Keane o algo de Moby. “¿Cuándo fue la última vez que miraste hacia el cielo y sentiste vértigo”, cuestiona otra vez ella. “Uy, no recuerdo”, respondo con desgano y considero que las mujeres a veces son más hermosas cuando callan. Extraño esa rola llamada Enjoy The Silence, con Depeche Mode, que dicta:

“Palabras como violencia rompen mi silencio,
Irrumpen en mi pequeño mundo,
causándome dolor, atravesándome.

No puedes entender...

Las promesas son hechas para ser rotas.

Las palabras son triviales.

Los placeres permanecen
y el dolor también.

Las palabras no significan nada
y son olvidables”.

En este momento quisiera ser sordo o un exiliado en la zona del silencio.

>>>

Soñé que era calvo. Y me paseaba con normalidad frente a los aparadores y saludaba como si nada a los maniquíes. Uno de ellos me miraba con familiaridad y yo encontraba más bondad en su mirada que en la mía. Soñé que me persignaba frente a la catedral y mi reloj se detenía en la nada. Antes de cruzar la avenida miraba el semáforo en verde y una mujer con paraguas me esperaba en la otra acera. Vestida de rojo me advertía que mi nariz sangraba. La angustia se apoderaba mientras mi mano se teñía de púrpura. “Te falta cabello y te sobran culpas”, se reía de mi calvicie lustrosa. Entonces busqué en mi bolsillo y saqué una fotografía en la que mi cabello era abundante. “Nunca seré lo que fui antes”, yo decía y me carcajeaba. “Un payaso siempre será menos divertido en una fiesta de disfraces”. No sé que diablos significaba eso, pero yo seguía riendo. Busqué entonces un espejo y la imagen que observé no me gustó nada. Me puse una peluca divertida y me maquillé esa sonrisa graciosa, pero una lágrima negra estaba tatuada en mi pómulo, Quizá ya he enloquecido por completo. Soñé un funeral callejero y las carrozas fúnebres estaban pintadas con anuncios de sopa instantánea. La vida es un comercial de tarjetas de crédito. La muerte es una obra de teatro macabra. El paraíso es letrero de neón en la madrugada. Un hotel de paso es la frontera en la que tus deseos no pasarán la inspección de rutina. El amor es un exiliado de tu cama. Y no hay caricias que valgan. Y tus manos moldearán el fuego que te habrá de consumir en soledad, mientras extrañas las caricias sabias. Anoche soñé que te extrañaba. Y también soñé que era calvo. Y que mis dedos hurgaban en tu sexo por la madrugada. Anoche soñé tantas cosas que ya no sé sí alguna vez he cerrado los ojos para imaginarte desnuda o sólo es que estoy tan solo que lo que hago no es más que una medida desesperada para no pensarte mientras vuelo o para no volar mientras te pienso.

>>>

Afuera todo es fiesta y adornos navideños. Luces de colores contrastan con los edificios grises. Un Santaclós deprimente se baja de un microbús y entra a una tienda departamental, no precisamente para gastarse su raquítico aguinaldo. La gente lleva las manos en los bolsillos, debido al frío. Quiso la suerte, el destino, los desatinos, acaso los dioses, que mi existencia sea igual de tranquila que un manicomio. Desde niño me especialicé en silencios, en alejarme de las multitudes, en llorar a oscuras, en refugiarme en mi mundo y sentirme siempre incomprendido. ¿Cómo llegué a este punto? No lo sé, ni pretendo averiguarlo. No escucho a Mariano Osorio, reniego de los curas que se hacen ricos con las limosnas, no comulgo con las religiones, detesto al Chespirito, odio a los políticos, nunca creeré en adivinos, aborrezco a Maná y me enferman las canciones de Arjona. Tampoco quiero ser el jefe de diez asalariados, ni casarme de smoking, ni fingir que el amor es para siempre, mucho menos quiero un auto del año y tampoco una casa con jardín y perro incluido. No me imagino vistiendo de traje todos los días, ni pagando intereses de dos tarjetas de crédito, ni poniendo adornos navideños, como tampoco me veo hipotecando mi futuro con una mujer que un día será idéntica a su madre. No, mis noches no son consuelo, pero eso es preferible a que se conviertan en un infierno habitado por dos o una cena navideña en silencio y un brindis con sidra rancia. Y Mario Benedetti ya no te parecerá un tipo sensible, sino un cursi que no sabe lo que realmente es el amor.

manualparacanallas@hotmail.com

Roberto G. Castañeda
El Universal
Jueves 23 de diciembre de 2010

 

jueves, 16 de diciembre de 2010

Que no me den el disco de Arjona en el intercambio

© Manual para canallas

Me dirigía discretamente a la puerta cuando entró Mariana, la secretaria de mi jefe. “¿A dónde, a dónde?”, cuestionó con una sonrisa y me enseñó dos botellas de whisky que había sacado del coche del patrón. ¡Vale gorro navideño!, pensé, esto va para largo

En ese justo momento llegó Ariel, mi jefe en aquella oficina de gobierno. Podría decir que llegué a la burocracia porque me recomendó un tío con muchas palancas en la SEP, pero la neta es que acepté ese empleo espantoso porque el hambre es cabrona. Lo bueno es que sólo estuve de paso, en lo que encontraba algo mejor pagado.

El punto es que llegó Ariel y me tomó del brazo: “Mi Rober —con lo que me caga que me digan Roberr—, vente a echar un whiskol conmigo”. Y decía “whiskol” como si sonara muy cool. Meses y meses jodiendo a media oficina y el muy cabroncito nomás se toma unos tragos y ya se siente amigo, “que digo, amigo, mi hermano”, de cada uno de nosotros.

>>>

Siempre detesté aquellas “posadas”, que en realidad eran pedas disfrazadas porque no había villancicos, ni piñata, ni nada de eso. Pura botana, alcohol y baile. Uy, como me sacrificaba. Nel. La verdad siempre me ha gustado la fiesta, pero no con los compañeros de aquella oficina. Como cada año, nuestro jefe se pondría pedo y diría que el otro año nos iba a ir mejor o que habría más incentivos para los que le chingaran bonito.

Y don Roque, el del aseo, sacaría a bailar a todas las secretarías con su frase típica de “ándele güerita, piérdame el asquito y vamos a bailar esa cumbia”. También Memo, el mensajero, bebería de más y acabaría acosando a Lucía, la de recursos humanos, aunque él argumentara que “sólo le estoy tirando la onda, en buena onda, carnalito”.

Como cada año, Betsabé pediría “un minuto de su atención” para brindar por “todos los que trabajamos aquí y también por nuestras hermosas familias. Feliz Navidad y año nuevo”. Carajo, que “familiar” nos salió, cómo si no supiéramos que se ha acostado con media nómina de licenciados. A mí me choca su peinado de flequito, su hipocresía y las faldas tan cortas que combina con medias caladas. Eso era sexy en los 90, creo. Hoy es bastante decadente, por muy buenas piernas que tuviera.

>>>

Obvio que yo sólo esperaba que hicieran el intercambio de regalos, que era obligatorio, para largarme. Y había que chutarse el cada vez más patético ritual de “que se lo ponga, que se lo ponga, que se lo ponga” y la broma habitual del compañero que le regala una tanga de elefantito al otro para luego recomponer “no, no es cierto, este es el chido” y el otro recibe la última “novedad” de Arjona. Me cai que estaba mejor la tanga ridícula.

Yo ya ni sé que es lo peor que me ha tocado en el intercambio de, “en promedio 200 pesos”, si el disco de “Los Hits del año” o la bufanda a cuadros o los portavasos de perritos jugando billar. Carajo, tan sencillo que es poner una lista en la entrada con las tres cosas que preferimos, pero nomás dicen que sí y nadie llena esa hojita que desaparece a los tres días.

Así que en cuanto me dieron mi libro de Vargas Llosa (que ya leí desde la universidad) me dirigí discretamente a la puerta, pero no falta el que te descubre y te balconea. Así que esa noche decidí poner la mas falsa de mis sonrisas, la número 187, y beber un par de tragos más. Mariana y yo tuvimos algo qué ver recién llegó a esta oficina, pero sólo fueron unas cuantas salidas y comprendimos que nos llevaríamos mejor como cordiales compañeros de trabajo. Además, mi jefe le echó luego luego los perros y a ella no le costó convertirse en su amante.

>>>

“Eres tan experto en fugas, que a veces me dan ganas de huir contigo”, me comentó esa noche una Mariana algo ebria. Yo sabía que ella se refería a su vida miserable, porque ya había comprendido que para Ariel ella nunca dejaría de ser su nalguita de los viernes en los rápidos de Tlalpan.

“No querrías escapar conmigo, porque siempre desciendo a inhóspitos lugares, donde no hay lugar para carnavales”, le advertí en tono pausado. “Ay, siempre me ha encantado cómo hablas y las cosas que escribes”, caray ni modo que me halagara con las palabras de esa admiradora de Mariano Osorio y Toño Esquinca. Y no me consta, pero seguro que ella le pone gorros navideños a su gatito. ¡Qué miedo!

Antes de largarme entré al baño, me miré en el espejo y encontré un abismo en mis ojos. Bajé la tapa, me senté en el retrete y alguien me dictó unas líneas navideñas, acaso algún dios melancólico:

“Santaclós debería jubilarse
y recibir una pensión como la de mi madre.

Nunca recibí caramelos,
ni la autopista tan soñada.

Así que desde niño
me declaré en huelga de anhelos.

Ojalá que los Reyes Magos
dejen de comprar caprichos en Juguetirama
y regalen, en todo caso, niños mejor educados.

Antes de que los pequeños sicarios
dejen de matar en el PlayStation
y te disparen a la cara,
sin algún asomo de piedad”.

manualparacanallas@hotmail.com

Roberto G. Castañeda
El Universal
Jueves 16 de diciembre de 2010