Tu padre te dijo que el futbol no dejaba nada, que mejor estudiaras. Tu maestro menos apático te sugirió que tenías vocación para la arquitectura o la ingeniería. Y aquel tío un poco calavera pronosticó que serías un chingón y recorrerías mucho mundo: “sólo sigue tus instintos”…
Así que descuidaste la escuela, te empeñaste demasiado en el futbol y la novia, tronaste matemáticas dos cursos seguidos, y encontraste consuelo en la mediocridad: total, si no la hago, me dedico al negocio de mi jefe. Pero aquel changarrito ya no es lo que era antes, apenas alcanza para sobrellevarla. Ni modo que te metas de microbusero o que te juntes con el Tirapapas que nomás anda rolando en la motoneta para ver a quién le chinga el celular. Y tu vocación de arquitecto está en veremos. Y el futbol lo mismo, porque ya te tronaron los meniscos de la rodilla. Y tu vieja se hartó de estar encerrada, mirando la tele o jugando videojuegos, así que mejor volvió al cotorreo con sus amigas las más desmadrosas. Tu padre siempre te dice que deberías trabajar en el micro de tu padrino. Preferirías ser una botarga de Danonino o bailar con el disfraz del Doctor Simi, que lidiar con señoras igual de histéricas que tu madre. “A ver si vas buscando trabajo, porque ya me cansé de mantener webones”, reclama aquel señor panzón que sientes tan extraño pese a que siempre cena a tu lado. Y mastica con la boca abierta y eructa como una bestia. Tú sólo piensas en escapar un día y dejar de escuchar que todo está más caro, que los políticos son unos ojetes, que los vecinos son insoportables sólo porque se compraron un televisor de 29 pulgadas. Y tú aún insistes en que el mundo es el que gira hacia el lado incorrecto, que eres víctima de los desatinos ajenos, que algún mecanismo del destino se volvió en tu contra. Es más fácil ser conmiserado, tirarse para que lo levanten a uno, que ponerse las pinches pilas y mandar todo al carajo para comenzar de nuevo. Pero no fuiste educado para luchar, sino para quejarte. Pinche gobierno, pinche destino, pinche vida culera, pinches ojetes que no me quieren, pinche vieja zorra, pinches maestros tiranos, pinche familia que como chinga, pinches tardes tan aburridas... Y lo que no has considerado es que te convertiste en un experto en autosabotearte. Pero como dice Bukowski, “aprender a ganar es difícil, cualquier idiota puede ser un buen perdedor”.
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