Carajo con este frío, tan filoso y tan extraño, tan de otoño con su sol y sus hojas secas. En serio que este frío, que hace guardar las manos y andar cabizbajos, no nos da tregua. Estos son días como buitres, con su bufanda de plumas y la mirada gélida...
Sí, carajo, este frío que engarruña los dedos. Este maldito frío que me congela tu nombre al pronunciarlo. Este frío que nos exilia a la ventana para pescar un poco de sol, para escapar de la sombra. Malditos sean, del carajo, estos días fríos, gélidos, como el aliento de buitres que merodean. Estos días que resecan la piel, que hacen tronar las rodillas, que te contagian los estornudos y la moqueadera. Yo lo que quiero es que el sol ahuyente el invierno de la ausencia, la escarcha en las nostalgias. Ya lo ha dicho, el poeta Jaime Sabines, el frío no es un buen remedio para todo:
“Frío y sol, pero frío
en viento, agudo, alegre.
Frío por todas partes...
El frío me ha hecho místico y alegre.
Quizás el sol en el frío.
Quiero hablar del frío:
El frío es bueno para tomar café,
para acostarse,
para hacer el amor,
para que nos digan ‘tienes las manos frías’,
para fumar y para no salir del cuarto.
Para todo lo demás es malo el frío”.


